viernes, 31 de octubre de 2014

La Dama que leia a los Difuntos



Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”


Olivia acarició la inscripción de la contracubierta con delicadeza. Un pequeño fragmento de una gran obra.



El lomo estaba muy desgastado, pero le otorgaba un aspecto antiguo, como si acabara de salir de una lejana biblioteca. La pequeña recorrió con el dedo cada letra, cada punto, cada coma.

Palabras que lograban transportarla a esas grandes mansiones con las que tanto había soñado, repletas de infinitos corredores y misteriosas habitaciones, iluminadas únicamente por la luz de una vela.



Cuanto hubiera deseado nacer en un lugar así.

Olivia se incorporó despacio y observó a su alrededor. Las cajas llenaban la estancia. La ropa y los muebles ya estaban empaquetados, apenas quedaban resquicios de lo que había sido la habitación de su amada abuela.



Ella adoraba a su abuela, desde muy niña la había enseñado a leer aquellos voluminosos libros que albergaban en su interior a fantasmas y monstruos, pero ella nunca había tenido miedo.

Recordaba sus últimos días, postrada en la cama. Ella siempre la pedía que leyese, que eso la ayudaría a recuperarse. Pero la enfermedad se la llevó demasiado pronto. Desde entonces,



Olivia no había vuelto a su habitación. Pero sabía que la despedida era necesaria, tantos recuerdos, tanto amor.



Las voces de sus padres se filtraban a través de la puerta. Olivia observó el reloj de cuco que descansaba sobre la cama.



Era la hora.



Se levantó y con la mirada recorrió la estantería. De los iniciales ochenta ejemplares, solo quedaban siete fuera de las cajas. Pensó por un segundo cual sería el adecuado. Finalmente escogió uno de sus preferidos, de forro rojo y negro, con las letras doradas en relieve.

Olivia bajó muy despacio los escalones. Conocía todos y cada uno de ellos, cuales estaban flojos o sobre los que no debía pisar para que no chirriaran.


Un reflejo bajo la puerta le indicó que sus padres conversaban en la cocina.


La pequeña observó a través de la rendija de la puerta: Su padre sostenía una taza de café, mientras que su madre mordisqueaba distraídamente una pasta.



Olivia se giró en dirección a la puerta, pero perdió el equilibrio y pisó unos de los tablones flojos, provocando un sonoro crujido.


-¿Olivia?-Su madre entornó la puerta y sonrió a su pequeña.- ¿A dónde vas?


Olivia escondió tras de sí el libro de piel negra y roja.


-Pensaba ir al parque, a despedirme de los muchachos del pueblo. ¿Puedo?


Su padre dejó la taza en la mesa y agarró el periódico.


-Claro pero no tardes mucho. No tardará en hacerse de noche.- Le dijo.


La pequeña asintió con entusiasmo y se abalanzó hacia la puerta. Al oír el sonido de la cerradura su madre enterró el rostro en las manos.


-¿Qué libro llevaba esta vez?


Su marido respondió sin levantar la vista de la página de sucesos.


-A juzgar por el acabado del lomo, yo diría que Drácula.


La mujer se levantó y observó por la ventana como su niña se alejaba por el camino de piedra que llevaba al pueblo.


-Marion, conocemos a nuestra hija. Adoraba a su abuela y hará todo lo posible por parecerse a ella.


Su esposa sonrió amargamente, conocía tan bien como él los extraños hábitos de su niña.
Su suegra fue una mujer solitaria desde que su marido falleció al otro lado del mar. La guerra había arrasado el país y con ello miles de vidas.


Después de aquello, la viuda viajo hasta América, a casa de unos parientes lejanos, únicamente con una maleta llena de viejos libros y un niño en su brazos.
Los años pasaron y su bebé se convirtió  en hombre y pronto en marido y padre de una niña, el ser más hermoso que sus ojos jamás contemplaron.


Amó a esa criatura con devoción, enseñándola el valioso regalo que se trajo muchos años antes de su patria.


Clásicos indispensables de grandes escritores: Dickinson, Poe,  Shelley, Stoker, Dickens...


Un valioso regalo que la anciana había transmitido a su adorada nieta. Los paseos las dos juntas también era una práctica usual. La abuela de Olivia adoraba caminar por la tranquilidad del bosque junto al riachuelo o por la soledad del camposanto. Olivia, pese a su corta edad no tenía miedo alguno de recorrer el cementerio, escuchando a su abuela recitar versos o fragmentos de sus libros.


-Nuestra hija se ha criado entre tumbas y mausoleos. -El padre de Olivia dejó el periódico y junto las manos.- Esta mudanza ha sido una de las cosas más duras que la hemos pedido, pero es por su bien. No podemos dejar que una niña viva entre recuerdos, debe aprender que hay cosas más allá, cosas maravillosas que la ayudarán a crecer como persona.


Su esposa retuvo una lágrima de alegría al escuchar tan solemnes palabras, se acercó y le dio un sonoro beso.


Olivia, ajena a la conversación de sus padres, había caminado hasta llegar al centro del pueblo, donde observó el parque con melancolía, pero a ella nunca le había gustado jugar con los niños que peleaban o con las niñas que peinaban concienzudamente a sus muñecas de trapo.


A lo lejos distinguió a un grupo de muchachos  lanzando un juguete al aire, mientras que el más pequeño trataba de recuperarlo entre sollozos.


-Que crueles pueden llegar a ser los niños.-Pensó.



Mientras observaba la escena, recordó unas líneas de aquella novela de hombres y monstruos que a la abuela tanto le gustaba


“Me conformo con sufrir solo mientras duren mis sufrimientos; me satisface que cuando muera, mi memoria estará cargada de odio y oprobio. Alguna vez los sueños de virtud, de fama y de alegría serenaron mi fantasía.”



Muchas veces decía que después de tanto años, había empezado a replantearse quién era realmente el monstruo.


La calle se estrechaba acabar en un caminito polvoriento con los bordes repletos de malas hierbas y flores silvestres.


No tuvo que caminar mucho hasta llegar s su destino: Una inmensa valla de ladrillo blanco rodeaba el recinto. La puerta de entrada estaba oxidada y descolorida, pero nunca había sido forzada. Olivia no tenía llave, pero no la hacía ninguna falta; en uno de los extremos, el muro tenía una pequeña abertura por la que ella podía colarse sin dificultad.



La niña avanzó a través del camposanto, maravillándose una vez más con la extraña belleza que producía la muerte.



Conocía todos los nombres grabados en las lápidas. Hombres, mujeres y niños descansaban bajo losas de mármol. Al cabo de unos minutos localizó la última morada de su querida abuela. Limpió las hojas secas que descansaban sobre la tumba y acarició la inscripción con delicadeza.



Se sentó junto a ella y abrió el libro.



De pronto algo turbó el silencioso ambiente del cementerio. Una lúgubre voz irrumpió en el aire. Un espectro ascendió detrás de la pequeña y avanzó hacia ella mientras se desgarraba los oscuros ropajes.



-Buenos días.-Dijo Olivia sin apenas levantar la vista de su libro.



El espectro frunció el ceño y suspiró.



-Así no hay quien trabaje, ni a los niños asusto.



Olivia cerró el libro y ofreció una sonrisa al fantasma, que tomó asiento encima de una cruz.


-Yo ya no soy una niña, Mr. Birdwhistle. Y nos conocemos desde hace tiempo, conozco su aullido a la perfección.


Pero eso no parecía animar al espectro, que se había cruzado de brazos y mostraba una expresión malhumorada. De entre las sepulturas comenzaron a surgir almas en pena que parecían alegrarse de la compañía de Olivia.

 A su lado, una aparición se sentó junto a la pequeña y ella sonrió al verla.


-¡Abuela!


En apenas unos minutos el cementerio estaba repleto de almas, impacientes por escuchar a Olivia.


Desde hacía ya un tiempo, Olivia había tomado la costumbre de leer para muertos en el cementerio. Ellos disfrutaban en cantidad de las historias que ella les narraba cada tarde. Hiciese frío o calor, no importaba la estación.


Pero conocían la noticia de que su pequeña dama se marchaba.


Todos la miraron, apenados. ¿Era esta la última vez?



Olivia trató de contener las lágrimas, pero no fue capaz. Una gota recorrió su sonrosada mejilla y aterrizó sobre la tapa de su libro.



Los espectros bajaron sus rostros transparentes, pero la pequeña sonrió, tratando de recordar las maravillosas tardes que habían pasado.



-¿Donde nos habíamos quedado, muchachos?- Olivia abrió lentamente el libro, por la página marcada



La abuela se sentó junto a ella y señaló el párrafo exacto, mientras lentamente acariciaba la melena de su nieta.



El contacto era frío, pero a Olivia le pareció el gesto más hermoso del mundo.



“- ¡Bienvenido a mi casa!. Venga libremente, váyase a salvo, y deje algo de la alegría que trae consigo.


La fuerza del apretón de mano era tan parecida a la que yo había notado en el cochero, cuyo rostro no había podido ver, que por un momento dudé si no se trataba de la misma persona a quien le estaba hablando; así es que para asegurarme, le pregunté:

- ¿El conde Drácula?


Se inclinó cortésmente al responderme.


- Yo soy Drácula; y le doy mi bienvenida, señor Harker, en mi casa. Pase; el aire de la noche está frío, y seguramente usted necesita comer y descansar...”



 BIBLIOGRAFÍA


El Cuervo, de Edgar Allan Poe (1845)

Frankenstein, de Mary Shelley (1818)

Drácula, de Bram Stoker (1897)

¡FELIZ HALLOWEEN!
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los comentarios dan vida a este blog. Anímate a contarme que te ha parecido la entrada.

No está permitido el Spam y los comentarios ofensivos. Serán borrados de inmediato.