martes, 14 de octubre de 2014

Historias de Polvo

Hola Compaseros

Llevo unos días totalmente desconectada del blog a causa de los estudios, pero no os preocupéis, que tengo unas cuantas entradas preparadas para manteneros entretenidos.

Este pequeño relato surgió hace unas semanas, refugiada en una librería de la intensa lluvia que caía fuera.
Me encanta lo caprichosa que es la inspiración, espero que os guste.



"Esta lloviendo en Market Chipping”


Releo la última frase, en un susurro, tratando de memorizarla. Cierro el libro y acaricio su portada, descolorida y apenas visible.


Me levanto y lo coloco con cuidado en el estante de arriba, junto a un tomo encuadernado en cuero negro.


Observo la escena con curiosidad; un centenar de lomos adornan ya mi estantería. Grandes, pequeños, de bolsillo, de piel... 


Todos están deteriorados a causa del tiempo y las penalidades, pero no me importa, sus historias continúan ahí, entre sus amarillentas páginas. 


Hace ya 6 años desde la catástrofe. Los gritos, las explosiones, el miedo, la muerte. Todo ha pasado ya.


Ahora solo quedamos nosotros y un silencio infinito en las calles.


La miro de reojo. La gusta estar sentada junto a la ventana, mirando a la nada. El sol se ha puesto y el manto negro ha comenzado a aparecer en el horizonte.


Siempre me dice que echa de menos las luces y los ruidos de la ciudad. Yo apenas recuerdo esas cosas. Las estrellas despuntan poco a poco, puntos luminosos lo iluminan todo.


Aquel día solo era un niño normal, asustado y solo, tratando de resguardarme bajo los escombros de una panadería. Sin padres, sin amigos. Estaba solo.


Pero entonces llegó ella y me dijo que me ayudaría, que la siguiera a las afueras, lejos del terror.

Aquella mirada me lo dijo todo. Podía confiar en aquella mujer que me ofrecía su mano.


Nos refugiamos en un último piso, tratando de sobrevivir con lo poco que encontramos. Antes éramos cientos, andando por las calles. Almas en pena.  Los últimos.


Pero con el tiempo aquellos centenares pasaron a ser decenas y en poco tiempo, solo nosotros dos. Hace meses que no veo a nadie recorrer las ruinas.


Siempre intento visualizar como era la vida antes de aquello, pero lo primero que recuerdo es el dolor que me ardía en el brazo el día que todo ocurrió.  Ahora ya no me duele. Permanece  inmóvil, siempre junto a mi pecho, recordándome aquellos horribles momentos. 


No ha sido fácil seguir adelante, y lo único que me ha mantenido cuerdo, han sido los libros.


Ella siempre ha amado los libros. Como le transportaban a un mundo distinto cada vez que los abría. Me enseñó a leer, a disfrutar de cada página, párrafo y diálogo. De como, sin movernos del sitio podemos viajar a lugares maravillosos que ya no existen, o que nunca existieron.


Los primeros tenían muchos dibujos. No siempre estaban completos, pero no me importaba, miraba sus colores y sus formas una y otra vez.


Poco a poco empecé a leer libros más grandes. Mas y mas grandes cada vez. 


Nunca logro acordarme de los títulos, pero de lo que nunca me olvido es de su historia.

La de aquella niña con una madre falsa y ojos de botón.


De una selecta Comunidad en busca del Monte del Destino y de ese niño que logró encontrar un bonito nombre para una pequeña emperatriz.


Pero mis favoritos eran los de misterio. 


Había uno sobre un extraño asesinato en un tren, pero mi preferido era aquel sobre un enorme sabueso y un legendario y brillante detective.


Todas aquellas aventuras me han acompañado durante años, siempre estaban ahí.

Vuelvo la vista a la ventana que tengo enfrente. Me apoyo y observo como las últimas luces se desvanecen.


Entonces lo veo. 


A lo lejos, un extraño resplandor tiñe la calle. Se acerca poco a poco, aún no puedo distinguirlo. Escucho voces...


Ella se acerca y observa.


-¿Qué es eso? –Pregunto


Una lágrima se desliza por su mejilla.


-Esperanza. –Responde.


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