jueves, 20 de febrero de 2014

Encuentros en la Riviera



 -Excusez-moi, je regarde la table Monsieur Courtois.
                      (Disculpe, busco la mesa del señor Courtois)

-Bien entendu, il s'agit de la table en arrière de la fenêtre. Suivez-moi.
                      (Por supuesto, es la mesa del fondo, junto a la ventana. Sígame).

La camarera me guía a través del entramado de mesas y sillas que conforman el restaurante del hotel. Es un lugar muy elegante. Sin duda hay que tener la cartera a rebosar para comer aquí...
 

Eso fue en lo primero que pensé al venir a Mónaco, en el lujo de esta ciudad, en la elegancia que rebosan las calles, las casas, incluso la gente parece más refinada.

Me siento en la mesa que me indica la señorita y me acerca la carta de vinos.

-Voulez-vous choisir une carte des vins?
      (¿Desea escoger algún vino de la carta?)


-Non, merci. Seule l'eau.
     (No, gracias. Solo agua)

Seguidamente desaparece de nuevo entre los comensales del resto de las mesas. Alcanzo la carta y la examino con cuidado. Mi francés aún es muy elemental, pero he logrado defenderme estos últimos días.

Me acomodo en la reconfortante silla acolchada mientras observo lo que hay tras la ventana. El hotel está junto al mar, separado únicamente por un entramado de piedra. Es hermoso ver como las olas golpean contra ellas.


Al cabo de unos minutos la camarera vuelve a mi mesa, esta vez con un papel entre las manos.

-Un message de  monsieur Courtois.
     (Un mensaje del señor Courtois)

 -Merci
  (Gracias)

Desdoblo la nota con cuidado, está escrita a mano, con letra grande y redonda.


Me temo que tendremos que comer en otro momento, me ha surgido un contratiempo. La llamaré el lunes para concretar la siguiente fecha y poder hablar de la colección de verano.


Courtois

Suspiro al ver que voy a tener que pagar yo la cuenta. El señor Courtois es un gran empresario del sector textil que me llamó hace unos meses para que me trasladara a Mónaco a trabajar con él. Ni si quiera dudé, casi de inmediato aparecí en el aeropuerto con la maleta hasta arriba y una sonrisa gigantesca.

Miró el reloj de soslayo. 

Las dos menos diez.

Comienzo a recoger mis cosas cuando un camarero se presenta frente a mí con una copa de champán.

-Le monsieur à la cravate rouge, a demandé si accepterait un verre de champagne avec lui.
         (El caballero de la corbata roja, pregunta si aceptaría tomar una copa de champán con él)

-Merci...

Asiento con la cabeza y observo al hombre que me ofrece la copa. Está sentado dos mesas mas allá, de corbata y traje. Es un hombre joven, de pelo cobrizo y sonrisa resplandeciente.

Justo en el momento en que le observo él se levanta y camina hacia mi mesa.

-Sa première visite à Monaco?
       (¿Su primera visita a Mónaco?)

-Oui, je suis arrivé il ya quelques jours
           (Sí, llegué hace unos días)

Me sonrojo al ver que se acerca cada vez más, es terriblemente guapo.

-Pues no habla nada mal el francés. Un poco descuidado tal vez, pero me gusta como suena.

Alzo una ceja un bebo un sorbo de la copa que me ofrece. Las burbujas no tardan en subírseme a la cabeza.
Empezamos a hablar y me cuenta su historia, un profesor de español enamorado del francés que después de ser rechazado en la Sorbona llega de rebote a Mónaco por mediación de un colega, donde lleva más de un año trabajando en la IUM (Universidad Internacional de Mónaco). 

Siento curiosidad por este hombre, intelectual y atractivo, todo en uno.

Después de contarle mis anécdotas y la fallida comida con mi jefe, se ofrece a ser mi guía turística por la ciudad. 

Soy una chica impulsiva, no puedo decirle que no.

Me guía a través de las empedradas calles de esta hermosa ciudad, sus fachadas, sus monumentos... Todo resulta increíble cuando él me cuento cada detalle sobre ellos.

Aquí todo el mundo sonríe al vernos. La vida parece tranquila, pese a ser un lugar tan grande. Me deleito con cada un imagen de este lugar, no quiero marcharme jamás.

Nos paramos en una fuente a hablar, mientras nuestro reflejo se proyecta en la gran estructura que hay en el centro. 

Suspiro.

Hacemos buena pareja.



-Tengo un último sitio que enseñarte.

Empieza a atardecer, todo está mucho más tranquilo ahora. Poco a poco ascendemos a través de una escalinata de piedras hasta lo más alto de un mirador.

Puedo verlo todo, el mar, los edificios, las luces. Todo está en perfecta armonía.

Sonrío y le guiño un ojo. Ha de bajarse el telón...

-Como me alegro de que eligieras esta ciudad para vivir.- Me acerco a él, insinuante.

El me abraza con fuerza y ambos nos fundimos en un beso.

-Yo también. Me gusta cómo suena eso de juntos en Mónaco.

Sin duda siempre nos gustó este tipo de juegos para darle vida a nuestros encuentros...


Por Lena J. Underworld, escritora y blog novela. Club literario "Vidas de Tinta y Papel".


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