miércoles, 20 de noviembre de 2013

Mis Pinceladas




Que ganas tenía de que llegara hoy, os dejo mi relato para el Club Literario "Vidas de Tinta y Papel" de Princesita Solitaria. No es un gran texto, pero espero que sea un buen comienzo.

Espero que os guste.

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La luz reflejaba en la pared, surcando la habitación.

Sonreí. Era el día, mi día.

Darío continuaba durmiendo, agarrando la almohada con fuerza. Mi eterno tardón, el príncipe de los 10 minutos más tarde. La puntualidad nunca le había acompañado, pero le adoraba igualmente. Le besé con cuidado para no despertarle y me levanté.

Recorrí el pasillo del piso, esquivando pinceles, lienzos y caballetes. Observé con detenimiento todos y cada uno de los cuadros; permanecían silenciosos, esperando a que llegara el momento que tanto había esperado.

Por fin colgarían de paredes, las de una exposición de verdad. Mi exposición, mi sueño hecho realidad.

Cada vez que recordaba la emoción de la noticia unas mariposas aleteaban en mi estomago. Tras 2 semanas de intenso trabajo colocando carteles y entregando invitaciones a los transeúntes, mi esfuerzo había dado frutos.

Preparé un par de tazas de café con cuidado, mi cafetera solía darme algún que otro susto, pero no estaba dispuesta a que nada me estropease aquella mañana.

Me senté en el taburete y vi como Darío avanzaba a toda velocidad por el pasillo, con el pelo revuelto y la camisa desabrochada.

-¡Llego tarde! ¡Llego muy tarde!

-¿Y eso es una novedad cariño? - Sonreí mientras me llevaba la taza a la boca y aspiraba lentamente el intenso aroma.
 
Él comenzó a rebuscar en la mesa de la entrada mientras yo le miraba con curiosidad.

-¿Y las llaves?

-En tu bolsillo

-¿Mi cartera?

-Segundo cajón de tu mesilla.

Se acercó, mucho más aliviado.

-¿Qué haría yo sin ti?

-Ir al trabajo sin pantalones.

Ambos sonreímos, efectivamente sigue en ropa interior.

Tras una mañana sin parar de mirar todas mis obras llegó la tarde, y con ella, Andrea y Rober con su furgoneta amarilla.

Poco a poco entre los tres logramos cargar todos y cada uno de los cuadros en la que había sido nuestra adorada volkswagen amarilla. Tantos buenos recuerdos, recorriendo interminables carreteras secundarias, 
jugando a imaginar con los paisajes.

Cuando llegamos a la galería vimos como el señor Calatrava, el hombre que nos había cedido su local, esperaba impaciente frente a la puerta, con esa cara de perro viejo y su enorme abrigo de cuero marrón.

-Cuando me dijiste que llegarías a las 7, Clara, pensé que te referías a las 7 en punto, no media hora más 
tarde.

Sonreí agarrando las llaves que él me ofrecía.

-Relájese, solo son un par de minutitos.

Alberto Calatrava era el dueño de una pequeña galería de arte a las afueras, bajo, regordete y con muy malos humos, se había convertido en nuestra mejor opción: el precio no era elevado y el espacio perfecto para la exposición.

Poco a poco mis obras fueron llenando las vacías y blancuzcas paredes de la sala. 

-Daos prisa, en seguida vendrá la gente.-Les repetía cada pocos minutos.

La galería quedó repleta de color y pinceladas. Agotados pero satisfechos, nos quedamos esperando, con una sonrisa en los labios y el corazón en un puño, mirando a cada segundo la puerta, esperando a alguien.

Pero nadie aparecía...

Una, dos, tres horas. Mi emoción inicial fue rápidamente sustituida a medida que la tarde avanzaba y mi sueño se desquebrajaba en pequeños pedazos.

Andrea se acercó a mí, con la mejor de sus sonrisas.

-Seguro que no tardan en venir.

Pero no vino nadie. Les dije a ambos que se fueran a casa, que yo recogería y que Darío no tardaría en venir de trabajar. 

Finalmente me resigné y empecé a descolgarlos, pero había alguien en la puerta...

Me acerqué sin hacer ruido y vi como observaba con curiosidad una de mis últimas creaciones. Era un hombre alto y muy delgado, de cabello rubio, tan claro que parecía blanco. Su fino rostro me resultaba familiar, pero no recordaba donde lo había visto.

-¿Son suyos?

Asentí y me acerqué a él.

-Son buenos. Me gusta la técnica que hausado para el manchado de los bordes. Los diseños son frescos, hacía tiempo que no veía algo así.

Sonreí complacida, tratando de aparentar naturalidad, pero el color de mis mejillas aumentaba más y más.

-¿Cuánto por este?

Sin duda aquella pregunta me descolocó por completo, pero había ensayado lo suficiente en el espejo como para poder responderle sin titubear.

-¿Cuánto diría usted?

Alzó las cejas, suspiró y sacó una chequera de su chaqueta.

-Creo que es una buena oferta.

Mi cerebro se detuvo un par de segundos antes de asimilarlo, no la cantidad ofrecida, si no el nombre del dueño. Gabriel Salmerón, el que había sido mi modelo a seguir, mi inspiración y la razón por la que seguía pintando

Él sonrió complacido y tras varios minutos de charla informal, me ofreció la mayor oferta de mi vida.

-Tengo en proyecto una nueva exposición y tú tienes todo lo necesario para lograr triunfar, Clara. ¿Cuento contigo?

Mi respuesta fue inmediata.

-Eso ni si quiera se pregunta.

Después de confirmar mi asistencia y ayudarle a cargar mi cuadro en su coche, me quedé frente a la puerta hasta que desapareció. Cuando lo hizo, comencé a dar saltos de alegría, chillando y riendo. Tenía que contárselo a alguien.

-¿Darío? Es el tercer mensaje que te dejo, ¿dónde estás? 

De pronto mi móvil empezó a sonar, no era mi novio, si no su hermana Anais.

-¿Clara? Menos mal que has cogido el teléfono, Darío esta en el hospital.

-¿¡Que demonios ha pasado!? 

Anais tardó un par de segundos en responder, podía escuchar un enorme jaleo, coches, ambulancias...

-Tranquila, un coche le golpeó y perdió el conocimiento, ahora está en shock, pero está bien.

Me recompuse lo mas rápido que pude y corrí en busca de un taxi o un autobús que me llevara cuanto antes al hospital. Sabía que tanta alegría junta tendría algo malo detrás.

Me abrí paso hasta la habitación donde le había ingresado, esquivando con a toda velocidad camillas y enfermeras. Finalmente le vi, tumbado en la camilla, magullado, pero vivo.

Me lancé a sus brazos y le besé en los labios con toda la pasión y emoción que llevaba dentro.
Empecé a contarle todo lo ocurrido, la exposición, el pintor, el cheque...Pero el me puso los dedos en los labios y me dijo:

-Ya me lo contarás luego, ahora quiero 100 ml. de tu amor en vena...




(Por Lena J. Underworld, escritora y blog Novela, Club Literario "Vidas de Tinta y Papel")


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