lunes, 31 de octubre de 2016

El Tajo y el olmo

Armando lleva 40 años manejando el taxi. Es un conductor hábil, que conoce las calles de la cuidad como si fuera su propia casa. Los atascos, los semáforos y a sus ciudadanos, que desfilan día tras día en su ajado coche, que ronronea satisfecho al llevar un nuevo pasajero.

Lo cuida y lava el mismo, con el mismo esmero y entrega como si fuera un tesoro. En el gremio todos le conocen como el Tajo. Él dice que heredó el apodo de su padre, que nació a orillas del río Tajo, a su paso por un pueblecito de Cáceres. Es un hombre educado, de cabellos canos y mirada cálida y atenta. En sus descansos siempre invita a algún café y ama conversar sobre cualquier cosa con sus clientes, ya sea fútbol, economía, política, cine... Suele decir que en su profesión hay que saber un poco de todo.

Pero, hay algo que nadie sabe de Armando, este honrado taxista...

Cada 2 de febrero, cuando las brumas comienzan a bajar y a convertir la ciudad en un reflejo húmedo de si misma, sobre las 8:10 de la mañana, Armando toma una ruta diferente. No importa si a quién lleva es un hombre de negocios, una joven estudiante de Ciencias Sociales o una madre primeriza que va al trabajo demasiado apurada. El dos de febrero tuerce  un poco antes en la avenida que da al estadio y se desvía hasta el polígono industrial que hay al cruzar el río. Los pasajeros, al ver la silueta del puente que hay a las afueras, preguntan que hacía donde se dirige, que no va hacía donde le han pedido.

El Tajo le quita importancia al asunto, diciéndoles que es un atajo evitando la aglomeración y los atascos de la zona centro. Entonces los pasajeros se tranquilizan y se acomodan de nuevo en el asiento trasero. El tono de voz de Armando es de esas que logran que te fíes de él sin pensarlo. Es suave, pero firme, como la voz de los padres cuando dan un buen consejo.

Al pasar el polígono y entrar en la zona de campos que rodea la ciudad, los pasajeros vuelven a sentir que algo no va bien, que el conductor se ha desviado y no sabe hacia donde va. Pero esta vez Armando no responde a sus quejas y hecha el seguro, haciendo que a su pasajero el pelo se le erice y empiece a buscar desesperado el teléfono para pedir ayuda.

En ese instante, Armando suspira, clava los frenos y el pasajero, aturdido por el fuerte frenazo, cae presa de un paño cubierto de cloroformo.

Cuando despiertan a los pocos minutos ven como Armando los arrastra agarrándoles los pies por el suelo terroso de la cuneta, en dirección a unos árboles de ramas desnudas, cuya silueta se distingue entre la bruma. El pasajero trata de zafarse, pero está atado de pies y manos y El Tajo lo arrastra con fuerza y sin detenerse. Tratarán de gritar, pero los han amordazado, e incluso si no hubiera hecho, ¿quien los oiría pedir auxilio en aquel lugar tan alejado? 

Al llegar a los árboles, Armando los apoya contra el tronco de un olmo, casi tan viejo como él, que lo ha visto acercarse junto con su pasajero cada 2 de febrero.

Entonces, sin decir una palabra, dar ninguna explicación o decirles si quiera el porqué de todo aquello, Aramando saca una navaja y, de un solo tajo, dejará una fina línea en la garganta de su pasajero.

Se quedará mirando mientras se desangra y como pierde lentamente el último resquicio de luz en los ojos, que ven desesperados al conductor de taxi que los ha conducido hasta las garras de la muerte bajo la atenta mirada de aquellos olmos.

Lo que viene después es misterioso, algo que su padre compartió con él cuando le mostró la tradición, cuando solo era un niño que no conocía como era el mundo.

Armando coloca dos pequeñas ramas en las manos de las víctimas y enreda el cuerpo con todo lo que encuentra, hojas secas, flores que han sobrevivido al invierno, piedras de color grisáceo que hay junto a las raíces del olmo... Y finalmente, con la pala que guarda en el maletero bajo la caja de herramientas, cava una tumba y clava una de las ramas del olmo, que parte con sumo cuidado, en la parte delantera de la misma.

Se alejará y contemplará como 30 años de trabajo quedan reducidos a la visión de aquellas estacas, perfectamente ordenadas, formando una hilera a lo largo de la cuneta. Armando suspira, recoge la pala y se quita el polvo de las perneras del pantalón.
Aún hay muchos clientes a los que recoger.
 
 

3 comentarios:

  1. Hola^^
    Me ha gustado mucho el relato, me ha parecido diferente y muy entretenido.
    ¡Gracias por compartirlo!
    un besote

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  2. Buenas preciosa! :DDD
    QUé pedazo de relato, no me esperaba que fuera tan tétrico, le has dado un toque muy distintivo. Me ha gustado mucho... aunque eso de que tenga el mismo nombre que mi novio me ha puesto los pelos de punta xD Me alegra muchísimo que hayas compartido con nosotros esta maravilla
    MUACK! Feliz Samhain!

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  3. Ha empezado de forma muy apacible y tranquila, parecía que nos ibas a conducir por una bonita imagen que nos dejase con un dulce y cálido sabor de boca...
    Cuando he leído "El dos de febrero tuerce un poco antes en la avenida que da al estadio y se desvía..." he sabido que de apacible y tranquilo nada, que la cosa estaba a punto de volverse oscura. ¡Y tanto! ¡Qué miedo! ¡Qué historia tan oscura! Y aún así muy chula! Eso sí, la próxima vez me lo pensaré 2 veces antes de coger un taxi.
    Dicho sea de paso, francamente me han encantado tus descripciones y el estilo con el que nos has presentado la historia. En mi opinión, ¡muy buen trabajo!

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