lunes, 7 de diciembre de 2015

Me espera la perdición



Oigo sus zarpas contra la puerta. Noto como rascan la madera, tratando de abrirla por la fuerza. Gruñidos feroces, trotes inquietos.

Ya han llegado, me han encontrado.

“Marchaos, aún no estoy listo”

Me encojo apoyado contra la pared, con los nudillos blancos, las palmas ensangrentadas, sin poder apartar la vista de la entrada. Sé que un simple cerrojo no les detendrá, pero ya no tengo salida.

Mi tiempo de tregua se ha acabado, el contrato ha llegado a su fin.

Ahora escucho los aullidos, tan potentes y desgarradores como el trueno, capaces de encoger un corazón y de arrebatarme mi alma si logran entrar.

“10 años de fama y riqueza”

¿Mereció la pena, a sabiendas de que espera algo tan horrible al final del camino? ¿Que los mismos perros del infierno, que esperan tras mi puerta,  me arrastren hasta las entrañas de la perdición? Ahora el arrepentimiento me corroe con saña.


Cientos de espinas contra las paredes de mi estómago, ¿tan desesperado estaba entonces para aceptar semejante trato?

De pronto los recuerdos de aquella época me inundan con fuerza, alejándome de la realidad, como si una gigantesca ola me arrastrase mar adentro.

Todos conocían aquellas historias, pero nadie se atrevía a contarlas. No a cambio de nada, por supuesto.

“Te concederá todo lo que le pidas, pero a un alto precio”

La información ofrecida era escasa y poco fiable, pero en mi situación, cualquier insignificante chismorreo me hubiera bastado, aunque significase mi paga de todo un mes a un pillo de la calle del mercado.

Yo no era un hombre supersticioso, ni siquiera en una ciudad como esa, llena de ritos y tradiciones tan antiguas como los cimientos de la misma, con una historia tan oscura que en muchas ocasiones se creían que solo eran leyendas para asustar a los niños a la hora de dormir.

Como hubiera deseado que así fuese.

Solo palabras.

Me dirigí a la dirección indicada, garabateada en un trozo de papel, que no paraba de estrujar entre mis manos mientras repetía lentamente en mi cabeza todas y cada una de las frases que había ensayado frente al espejo durante días. Mis condiciones, peticiones y deseos.

Sonaban tan claros y concisos que parecía que nada iba a salir mal.

La calle se alargaba hasta llegar a una bifurcación. La primera conducía a una calle comercial llena de bullicio y olores exóticos, algo extraño a esas horas de la tarde. La otra era un callejón sin salida, que acaba en una puerta de madera rojiza.

Reconocí rápidamente la dirección que me habían indicado y me adentré al callejón, no sin cierta congoja, ya que una corriente de aire frío inundó de pronto el estrecho pasaje.

Las sombras creaban extrañas y caprichosas formas en las paredes. Me imaginaba animales de fauces abiertas y dientes afilados, atentos y amenazantes, dispuestos a comerme si no tenia cuidado.

Fijé la mirada en el pomo plateado de la puerta y lo giré, notando mi pulso acelerado y mi frente sudorosa. La puerta se abrió con un crujido y me mostró una amplia habitación vacía. Estaba iluminada por dos enormes ventanales que dejaban pasar la escasa claridad del exterior. En cuanto posé un pie en el interior, noté unos extraños chillidos agudos que me hicieron taparme los oídos.

No di crédito a lo que veían mis ojos: decenas de murciélagos habían salido de la nada y llenado la habitación con sus voces estridentes y su torpe revolotear. Retrocedí unos pasos y la enorme bandada abandonó el cuarto, saliendo estrepitosamente al exterior y perdiéndose en las calles.

Entonces me giré de nuevo hacia la puerta. Consternado pude comprobar, que lo que había creído que era una habitación vacía, ahora tenía a una dama sentada en un butacón de madera tallada, con una mesa y una pequeña silla frente a ella.

Pestañeé extrañado, pensando que tal vez fuera una ilusión, pero ella era muy real.

Era una mujer joven, de tez muy oscura y unos enormes ojos castaños. Su cabello estaba recogido pulcramente, dejando su huesudo rostro totalmente descubierto.

-Cierra la puerta.- Su voz era melosa y  muy suave.

Obedecí y me acerqué lentamente.

-¿Quién te dijo como encontrarme, muchacho?

Me mordí el labio tratando de recordar el nombre del joven que me proporcionó la dirección, pero la impresión me impedía pensar con claridad.

-Olvídalo, es mejor así.- Alzó una mano, tratando de quitarle importancia al asunto y me indicó con un gesto que tomara asiento frente a ella. –Ahora el único nombre que interesa es el tuyo.

La frase casi se transformó en un susurro entre sus dientes mellados, que formaron una sonrisa afilada. Me armé de valor, no había llegado tan lejos como para no intentarlo si quiera.

-Henry Leroy, señora.

Ella asintió en silencio, sosteniendo distraídamente entre las manos uno de los extremos del mantel bordado que cubría la mesa.

-¿Y que puede interesar a un jovencito como tú de alguien como yo?

Sus ojos se clavaron en mi de forma inquisitiva, como si quisiera desmenuzarme con la mirada. Tragué saliva y busqué en los bolsillos de mis chaqueta.

-Busco ayuda que solo usted puede proporcionarme.

Su delgado rostro pareció alargarse cuando sonrió tras mi respuesta. Una sonrisa afilada de dientes mellados. De pronto noté como algo entre mis piernas se agitaba con fuerza. Me sobresalté al ver como un enorme gato negro salía de debajo de la mesa y mecía su peluda cola.

-Moisés es la única compañía que tengo durante el día. –El felino saltó hacia el regazo de su dueña y ella lo rascó bajo el mentón con delicadeza. –Has de saber que mis honorarios exigen un pago. La ayuda del más allá nunca es algo fácil de lograr.

Finalmente localicé la pequeña bolsa de mi paga, pero al mostrársela, ella soltó una sonora carcajada.

-Cariño, el dinero aquí no vale nada. El alma humana es algo con lo que se puede negociar más fácilmente en estos asuntos.

-Pensaba que este tipo de tratos sólo se podían hacer en los cruces de caminos.

Ella bajo la mirada con aire juguetón mientras acariciaba al animal, que ronroneaba de puro gusto, restregándose por el pecho de la mujer.

-Hay muchas formas de lograr lo que uno quiere. Los cruces de caminos y las invocaciones directas son sólo algunas de las muchas formas de contacto entre ambos mundos, pero no son mi especialidad...

Su voz era tremendamente dulce, pero escondía algo oscuro detrás que hacía que se me erizase la piel, como si se tratase de una máscara que cubría un rostro putrefacto.

Respiré hondo y pregunté.

-¿Y cuál es?

De pronto aquella afilada sonrisa de dientes mellados volvió a dibujarse en su rostro. Rápidamente me arrepentí de haber abierto la boca.

-Esa es la pregunta correcta, cielo.

Desconozco si fue el ambiente cargado del humo de incienso o simplemente el miedo que me atenaza en esos instantes, pero por un momento pude ver un destello de fuego en sus ojos, tan feroces como los de aquel gato. Se levantó con rapidez, al tiempo que el animal saltó de su regazo a la alfombra. Junto a la mesa, en la pared, había una estantería de madera oscura. Pasó sus huesudos dedos por la balda superior, tamborileando sobre ella mientras revisaba los objetos que descansaban en la balda superior.

Estaba repleta de ungüentos, botellas y jarrones  de todos los colores, pequeñas calaveras de diversas formas, esferas de cristal tintado, cordones y tiras de tela enredados... Incluso pude distinguir una mano cortada por la muñeca dentro de una jarra transparente, flotando en un líquido espeso.

¿En qué extraño lugar me había metido?

Finalmente localizó lo que buscaba; una cajita tallada, con extraños grabados dorados en su tapa.

Volvió a sentarse y colocó frente a mí la caja. En su interior había una maza de cartas de Tarot, decorados con hermosos dibujos. Parecían antiguas, ajadas en los bordes y algo descoloridas, pero conservaban su encanto original.

-Las cartas no solo muestran el futuro, señor Leroy. Si se saben utilizar, pueden modelarlo al gusto del usuario, cambiando por completo lo ya establecido.

La mujer fue colocándolas cuidadosamente boca en la mesa mientras el gato se entretenía meciendo la cola entre sus patas. Finalmente colocó la última y permaneció unos segundo contemplándolas, como si buscara alguna carta fuera de su lugar.

-Se que no es de mi incumbencia y no debería preguntar, pero me pica la curiosidad. ¿Qué extraños motivos traen alguien como tú hasta mi gabinete, tan dispuesto a vender lo más valioso que posee ser humano a cambio de un trato?

Por un segundo, mi mente se bloqueó. Tenía un motivo justificado, pero el pensar en él me provocaba un dolor agudo en el pecho, oprimiéndome el corazón cada vez que recordaba porque había tomado aquella decisión.

-No tengo hermanos y mi padre se marchó lejos cuando yo era solo un niño. Mi madre es la única familia que tengo y siempre ha tratado de que yo salga adelante y logre llegar a algo más que a encargado de una tienda de mala muerte. –Me atuso el pelo y trato de encontrar las palabras exactas. –Esa mujer ha dado todo lo que tenia y más por mí, pero por desgracia, la vida para la gente como yo es un camino lleno de puertas cerradas y mínimas oportunidades. Nunca he logrado nada en la vida y ahora ella se muere sin poder ver que yo haya triunfado y eso la consume cada día más.

Ella había permanecido paciente con la barbilla apoyada sobre las manos entrelazadas y la vista perdida en las cartas. Al escuchar la última palabra de mi relato levantó la vista y la fijó en mis ojos, como si quisiera comprobar la veracidad de mi historia.

Tan solo mantuvo la mirada unos segundos, pero era tal la intensidad que me parecieron horas.

-La nobleza es algo que escasea peligrosamente hoy en día, cariño. Es algo valioso, no lo pierdas.

Asentí lentamente mientras ella agarró mis manos y las guió a través de las cartas.

-La fama y el dinero están unidas, pero el vínculo debe mantenerse con mucho esmero. Si una desaparece, la otra no tarda en evaporarse, deberás tener cuidado.

Cerró los ojos y noté como la temperatura lentamente bajaba en la sala. Moisés había bajado al suelo y me miraba con unos gigantescos ojos amarillos. Fríos y desafiantes, como si guardaran un secreto tras ellos.

-¿Estás dispuesto a pagar el precio? –Me susurró ella.

El sudor comenzaba a empapar mi ajada camisa y notaba un fuerte temblor entre las piernas, pero llegado ese punto, no tenía más opción que asentir con una vacilante sonrisa y adentrarme en aquel mundo que tanto me aterraba.

Lo único que lograba mantenerme firme y evitar que dudara, eres el recuerdo de aquellas noches de fiebre alta acompañado a mi madre. Esos delirios y dolores que lograban encogerme el corazón. Estaba dispuesto darlo todo para que ella viviera, dispuesto a pagar el precio, aunque se tratara mi alma.

-Estoy... dispuesto.

Aquella afilada sonrisa de dientes mellados volvió a aparecer entre sus labios y detuvo mi mano encima de una de las cartas y me indicó que la retirase. 

Muy despacio levantó la levantó y pude ver el dibujo del diablo impreso en el reverso.


De nuevo pude ver el destello de fuego en los ojos de la mujer.

Sin decir una palabra, rajó la palma de su mano con el borde de la carta, lamió la sangre que goteaba, alargó las manos hasta mi cuello y me obligó a acercarme. Ella aproximó su rostro y me besó con intensidad en los labios.

Noté como de pronto me faltaba el aire en los pulmones. Todo a mi alrededor empalidecía y se volvía borroso, como si estuviera despertando de un sueño.  El suelo a mis pies desapareció y la mesa quedó suspendida en una extraña espiral blanca y centelleante. Finalmente me soltó y pude ver por última vez aquella sonrisa de dientes mellados.

El brillo a mi alrededor cesó y todo se volvió oscuro de repente.

Traté de entender que ocurría a mi alrededor pero la oscuridad me envolvió y caminé a tiendas hasta tropezar y caer al suelo. El golpe hizo que lentamente todo se aclarase y pude comprobar que me encontraba de nuevo en el callejón.

Extrañado, me pregunté cómo había llegado hasta allí desde el gabinete, pero al volverme, descubrí que la puerta roja había desaparecido. En su lugar, la pared de piedra cerraba la calle.

Por un momento pensé que todo se había tratado de una ilusión, pero al llevarme las manos a los bolsillos pude descubrir una carta de tarot con el diablo en el reverso en uno de ellos.

Lentamente abandoné el callejón sin salida, totalmente sumido en mis pensamientos.

Los meses siguientes fueron los más decisivos de mi vida. El destino quiso que encontrase un puesto mejor en una de las empresas más prósperas de la ciudad y lentamente ascendiera puestos , hasta lograr alcanzar el ansiado puesto de director ejecutivo.

Lo primero que hice ante mi inesperado cambio de vida fue comprar una casa a las afueras, donde mi madre, aún débil por su afección permaneció feliz por los logros conseguidos sus últimos 5 años de vida.

Tras esparcir sus cenizas a la orilla del río que la vio crecer, yo me centré en mantener mis negocios prósperos y rentables, pero los años continuaban pasando y poco a poco el trato de sangre. Sin preocuparme de que mi alma, pronto dejaría de pertenecerme”


Recobro el sentido y vuelvo a centrarme en el sonido de las zarpas contra la puerta. Noto la pared contra mi espalda, demostrándome que no me quedan salidas posibles.
Los ladridos se vuelven cada vez más potentes. Ya empiezo a ver como la madera se resquebraja.

-Recuerdo que una vez te dije que la nobleza era algo valioso, señor Leroy. –Exclama una voz a mi espalda.

Me giró de repente ante el sonido de la voz y puede comprobar con horror que es la mujer del gabinete de tarot.

-¿Como... como es posible? –Trato de vocalizar, pero las palabras se me atragantan.

Ella está sentada sobre mi escritorio con las piernas cruzadas y Moisés sobre el regazo. El gato no aparta su fiera mirada de mí y recuerdo que cuando vi esos ojos por primera vez pensé que escondían un secreto tras ellos.

-Tú no solos eras el intermediario, ¿verdad?

Muy coquetamente se retira un mechón del rostro y lo coloca con mucho cuidado en su recogido, baja de la mesa, se acerca a mí muy despacio y me levanta el mentón hasta que mis ojos alcanzan los suyos, que brillan con un fulgor dorado.

-Me gusta conocer personalmente a mis clientes. Saber qué tipo de almas voy a tratar. Y convertirme en una simple empleada me permite hondar en las historias de los hombres dispuestos negociar.

Trato de hacerla entrar en razón, suplico por mi vida, incluso me arrodillo ante ella para evitar lo que hay tras la puerta, pero su única respuesta es una negación con la cabeza. Finalmente veo como se encamina al final de la habitación y sostiene el pomo de la puerta. Le grito que se detenga, pero ya es tarde.

Dos enormes canes de pelaje negro como la noche y ojos rojos como las llamas del infierno comienzan a morderme con ferocidad. El intenso dolor y la agonía me ciegan rápidamente y lo último que veo en esta vida son los ojos amarillos del gato llamado Moisés y la sonrisa de dientes mellados de la mujer a la que vendí mi alma.





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