sábado, 31 de octubre de 2015

Delirio



<<Traquetea, traquetea.
El tren de camino a la estación.
¿qué ocurre? ¿qué le pasa?
Los frenos le faltan...>>

-Cállate, no soporto esa canción. –Exclamo mientras me recuesto en la cama.

-Antes te gustaba. –Hanna se coloca enfrente mío y me observa con expresión triste. –Te encanta como acababa.

Me vuelvo del otro lado, pero ella me sigue y se coloca al otro lado, como si se tratara de un cachorrillo tras un juguete.

<< Los pasajeros gritan, los pasajeros lloran.
No importa cuánto lo hagan.
Los frenos al tren le faltan>>

-¡Cállate, Hanna!

Pero ella continua tarareando la repelente sintonía, cada vez más rápido. Trato de amortiguar el sonido con la almohada sobre mi cabeza, pero ella comienza a gritar la letra con todas sus fuerzas.

En ocasiones Hanna es un incordio.

Desgraciadamente para mi, el tenerla a mi lado es algo que no puedo evitar. Lo he intentado, claro que he tratado de hacer que se marche. Cientos, miles de veces.

Solo es producto de tu imaginación, Betty. Si la ignoras se marchará”

Siempre que repito esa frase en mi cabeza, ella me responde machacándome con alguna artimaña, revolviéndome el pelo, tirando de mi camisón, rascando las paredes con las uñas... 

Observo las marcas que ha junto a la ventanita de la puerta. La última vez rascó con tanta fuerza que dejó una marca de sangre junto a uno de los tornillos.

Aunque siempre creí que mi madre tendría razón y se iría para siempre en cuanto me olvidara de ella, Hanna siempre seguía ahí.

Una voz que resonaba en la parte posterior de mi cabeza me repetía una y otra vez que no estaba bien, que ella no debería seguir conmigo. Que si se marchaba, todo volvería a la tranquilidad.

Hanna provocó que me culparan injustamente de amenazar a papá con el cuchillo, de que mamá creyera que intentaba cortarme las venas o de que corriera hasta que me sangraran los pies tratando de huir de casa.

Ella es la culpable de mi internamiento entre cuatro paredes blancas y acolchadas.

Finalmente me doy por vencida y me siento sobre las sabanas, dejando colgar los pies. Hanna se ha cansado de cantar y se mueve de un extremo a otro dando pequeños saltos, como si se tratara de una niña.

Su aspecto siempre me recordó mucho a Dorothy de El Mago de Oz. Pelirroja, de rostro fino y pecas sobre una piel pálida. Su vestido es similar, de un azul claro muy bonito, ahora lleno de rasgones e hilos colgando bajo la falda. Cuando la ignoro le gusta arrancar los trozos de tela y lanzármelos.

Qué lejos queda entonces la idea de la pequeña Dorothy en el Reino de Oz.
El sonido de la puerta me devuelve a la realidad. Angus, el celador de la tarde entra con la silla y las correas.

-Hola, Betty. –Me saluda sin levantar la cabeza, como si le costara trabajo mirarme a los ojos. –Siéntate.

Me coloco en la silla y él me pone las correas en los pies y las manos. Noto la presión del cuero sobre la piel. Es una sensación muy desagradable, como si estuviera recubierto de lija.

Angus siempre ha sido cortés conmigo. Nunca me ha levantado la voz y cuando me traía la comida me sonreía e incluso algunas veces me preguntaba que tal me encontraba.

Pero Hanna siempre logra destrozar cualquier tipo de contacto humano fuera de las paredes de mi cuarto. Desde hacía un tiempo gritaba palabrotas y cosas obscenas cuando Angus entraba. Él poco a poco dejó de hablarme y de sonreír.

El pasillo, de marrón cobre con franjas blancas, es estrecho y muy largo, con habitaciones a cada lado, de las que salen gemidos, locuras y voces guturales que gritan que las liberen.

Conozco a la mayoría de los internos de este ala, todos con historias desgarradoras o enfermedades innombrables.

Alexis, de la 407 trató de lanzarse repetidas veces por la ventana de su piso, un ático repleto de fotografías en blanco y negro de su vecina en ropa interior con frases amenazadoras.

Elisa, de la 411 juraba que el demonio la visitaba cada noche y la violaba para que ella engendrara el hijo del señor del Infierno. Los médicos la sedaban tan fuerte que caía inconsciente de inmediato en la cama.

Juliet, de la 421. Su historia es muy similar a la mía: una voz que la martiriza día si día también, haciendo que todo lo que provoca recaiga sobre la pobre Juliet. Cuando aún me dejaban ir a la sala de recreo siempre nos sentábamos juntas. Ahora la veo a través de la ventanilla de su puerta, sentada sobre la cama, encogida y con el rostro tapado por su melena rubia.

Finalmente llegamos al final del pasillo y Angus me deja frente a la puerta del doctor. Sin decir nada, echa a andar y desaparece tras la esquina del pasillo que da a las cocinas.

El doctor Morgan sale de su despacho, me dirige una sonrisa tímida y me lleva hasta la camilla que hay al fondo de la sala. Tras desatarme las correas me pide que me siente y comienza a examinarme minuciosamente. Hanna se ha sentado junto a mí en la camilla y me observa de nuevo con curiosidad, como si fuera un extraño espécimen de insecto. Recorre con la mirada mi rostro, frunce el ceño y niega con la cabeza.

-No, no la encuentro...-Exclama

Al no comprender a que se refiere yo me encojo de hombros y el doctor me mira a través de sus gafas de montura plateada y me pregunta:

-¿Cómo te encuentras hoy, Betty?

Trato de aparentar naturalidad y le sonrío abiertamente.

-Me encuentro bien, doctor Morgan. Algo cansada por el aumento de medicación.

Él asiente en silencio y apunta en su libreta con una pluma dorada. Hanna le saca la lengua y comienza a reírse sin ningún motivo. Su risa es histérica y estridente, casi ensordecedora.

De pronto se calla y dice muy seria.

-Me gusta esa pluma. La quiero.

La ignoro y pregunto al doctor si puedo volver a mi cuarto. El doctor Morgan avisa a uno de los celadores 
de la noche y me devuelven en la silla a mi habitación.

Me siento en la cama y espero a la cena, que llega pocos minutos después.

Hanna vuelve a rascar los bordes de la ventanita de la puerta con las uñas. El ver como desconcha la madera me pone tremendamente nerviosa. Me recuerda a un perro rabioso que se martiriza sin motivo.

Con el ruido de las elucubraciones sin sentido de Hanna me acuesto y acabo durmiéndome. Se trata de un sueño intranquilo que hace que me revuelva repetidas veces en la cama.

Las visiones que tengo son extrañas. Avanzo dando tumbos por un pasillo interminable, escuchando voces llenas de dolor que salen de las paredes. Al final distingo una puerta, que se aleja más y más cada vez que corro hacia ella.

Todo comienza a oscurecerse y yo me despierto con el sonido de cristales rompiéndose contra el suelo. Al principio creo que puede ser el vaso de mi cena, al que he dado un golpe y he caído de la bandeja, pero  poco a poco me incorporo y compruebo que no estoy en mi cama, ni si quiera en mi habitación.

He vuelto a la consulta del Dr. Morgan.

Todo está revuelto y lleno de cristales de las probetas de las estanterías. Me aterrorizo al ver manchas de sangre en el suelo. Alzo la vista y observo al doctor agazapado en una de las esquinas con una expresión de horror en el rostro y un bisturí en la mano con el que me amenaza.

-No me hagas más daño, Betty. Te lo suplico...

Ahogo un grito cuando veo que tiene la mano ensangrentada, con una gran herida atravesándole la palma de extremo a extremo. Finalmente me veo las manos y comprendo el miedo del pobre doctor.
Están cubiertas de sangre, sujetando la pluma con la que firmó el informe médico apenas unas horas antes. 

Hanna está junto a mí, con la mirada perdida y una sonrisa macabra en su fino rostro, como si disfrutara.

-Doctor Morgan, yo no...

Pero él grita auxilio con todas sus fuerzas y a los pocos segundos dos guardias me reducen y sedan. Despierto de nuevo entre sollozos, atada a mi cama y con una camisa de fuerza que impide que me mueva. 
Las lágrimas me recorren el rostro y grito con todas mis fuerzas. Hanna me mira desde la puerta, con las manos a la espalda y los ojos muy abiertos, fijos en mí.

-¡Maldita seas, Hanna! ¿Qué demonios has hecho?

Ella desvía la mirada hacia el techo y se balancea de un lado a otro, con aire distraído.

-Él no quería darme su pluma...

-¡Basta! ¡Márchate de una vez de mi cabeza y no vuelvas!

Ella hace caso omiso a mis palabras y se acerca a mí, arrodillándose junto a la cama. Yo me revuelvo contra mis ataduras, pero es inútil. Hanna me besa en la frente y sonríe con malicia.

-Jamás.

Las horas pasan y yo no paro de pensar en lo ocurrido, el cómo repercutirá en mi futuro. Finalmente alguien abre la puerta.

-¿Betty?

Es la voz del Dr. Morgan. Me alegra oírlo de nuevo, pero al mismo tiempo me entristece. Trato de explicarle lo ocurrido, pero él me pide que le escuche atentamente.

-Me temo que tu comportamiento ha llevado a la dirección a tomar medidas. Medidas muy serias, Betty. 

Trago saliva y comienzo a notar como el sudor me empapa la frente.

-Hemos contactado con tu familia y está de acuerdo con lo que finalmente se ha decido. Lo siento de veras.

Aterrorizada trato de sacarle a doctor Morgan de que habla, pero él simplemente desaparece tras la puerta, dejando paso a dos celadores, que me llevan hasta su consulta a través del pasillo.

Ahora oigo claramente que dicen las voces de los internos. Son gritos de terror pidiendo auxilio, temiendo convertirse en corderos directos al mataderos.

Mis gritos se unen a los suyos, tratando de pedir explicaciones a los hombres que me arrastran hasta la camilla. Pero no obtengo respuesta alguna. Nadie me dirige la palabra, ni siquiera me mira. Dos enfermeras me colocan un protector bucal para evitar que me muerda la lengua y me atan las manos a la camilla. Yo no paro de llorar, sin comprender que ocurre a mi alrededor.

Hay un médico de espaldas frente a mí, pero cuando se vuelve, todo mi cuerpo se convulsiona tratando de escapar. No es ningún médico, es Hanna.

-La lobotomía es una práctica muy difundida en casos de ansiedad crónica severa, la depresión con el riesgo de suicidio o el desorden obsesivo-compulsivo. Su realización es muy delicada. –Me roza la mejilla con el dedo, sosteniendo una lágrima unos segundos. –Solo los expertos deben realizarlo.

-Por favor, Hanna... –Exclamo.

Pero ella se gira y coge los instrumentos con suma delicadeza de la mesa. Con una mirada llena de odio se coloca frente a mí y me sostiene la frente, acercando el punzón.

-¿Sabes que era lo que buscaba con tanto ahínco? –Me revuelvo, intentando alejar el objeto de mi ojo.- Te lo contaré después del espectáculo, Betty.

Ni siquiera noto dolor, tan solo un contacto frio en la parte trasera de la cabeza, como si una estaca de hielo hubiera atravesado mi cerebro. Todo se vuelve luminoso de pronto. No noto nada de cuello hacia abajo. Ya no siento nada.

-Lo que buscaba era tu cordura, Betty. Pero me temo que nunca la encontré...- Su voz comienza a distorsionarse, como el sonido de una radio.

<<Traquetea, traquetea.
El tren de camino a la estación.
Betty la perdió, ¿qué fue lo que perdió?
La cabeza, la cordura, la razón... Betty la perdió...>>


4 comentarios:

  1. Me has hecho pasarlo mal viendo el autosufrimiento de Betty, realmente mal. (Lo que es bueno, ¿no?) Me ha encantado leerte.
    Besos :3

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  2. Cada vez que leo algo tuyo me sorprendo más y más. Me encantó!
    Reflejaste la locura con mucha precisión, y dejaste ver unas escenas escalofriantes. No soy muy amigo de la primera persona pero en este caso me fascinó.
    No pude evitar hacer paralelismos con Sucker Punch, que en mi opinión es una de las mejores películas jamás rodadas.
    Te animo a escribir máa relatos de este estilo. Son amenos, entretenidos, y con mucho jugo. se te dan genial!

    De nuevo gracias, y un besazo!

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  3. ¡Sin duda es el mejor relato que he leído en mucho tiempo! Una trama original, bien redactado, podía ponerme perfectamente en la piel de la protagonista, una historia sobrecogedora... en serio, ¡¡¡PERFECTA!!! Me ha superrequeteencantado :)
    Un abrazo y pásate cuando quieras :3

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  4. Estoy flipando en colores. Es... es magnífico! O.O Es de los mejores relatos que he leído en muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuucho tiempo, de veras! Te puedes poner en el lugar de la protagonista, puedes sentir a Hanna (dios, hasta se me ha quedado un poco la canción del tren) y muy bien contada. Por todos los dioses, Lena, dime que estás haciendo una recopilación de tus relatos, debes mostrarlos al mundo. Eres muy buena!
    Espero que haya más *O*
    Besazos!!!

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