lunes, 17 de agosto de 2015

Relato ganador del Concurso: "Pasen y Vean" por Elefun Estein

 "Pasen y Vean" por Elefun Estein



-¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean, damas y caballeros! Pasen y vean la superioridad del hombre ante la bestia, la primacía de la tecnología frente a la magia, la preferencia del orden ante el caos. ¡Sólo en el Circo del Horror podrán ustedes verle! Ver… ¡a la mismísima Bestia, salida del Averno! Mírenla, ahí, postrada en un lecho de paja, con de cadenas de hierro forjadas sobre sus propias muñecas. Miren sus alas de murciélago gigante, rotas, con la piel hecha jirones. Noten su deliciosamente espantoso hedor, a azufre y podredumbre, a mierda y sudor. Vean sus mandíbulas, sus enormes dientes afilados como puñales y su viperina lengua negra, musculada y venenosa. Teman sus poderosas patas, fuertes y llenas de heridas, bien sujetas por grilletes y cuerdas. ¡No se acerquen a sus zarpas de medio metro o perderán la cabeza! Y, por supuesto, ¡cuidado con su cola! Si escuchan el restallido de un látigo, es sin duda ella, preparada para agarrar a sus hijos y arrastrarlos hasta sus fauces… ¡Pasen y vean!


-Y ahí vuelves a empezar – completó el señor Hyde tras la parrafada de su socio Whateley. – Es un texto simple para aprenderse de memoria, y pagamos bien. ¿Qué te parece?


-Acepto encantado, señores. ¿Cuándo empiezo?


-Mañana mismo. Esta noche, si lo deseas, puedes pasar a verlo. O verla. Lo que sea. Ya sabes, para saber de lo que hablas – dijo Whateley. – ¿Te parece?


No era menester decirle a tu jefe que no el primer día, supuse. Y acepté.


Así que allí estábamos, yo mismo acompañado por otro tipo, un tal Butler, con greñas y no demasiado delgado, pero con un látigo lo suficientemente largo como para recorrer sus intestinos un par de veces. Para controlar a la bestia, me había dicho. En todo el viaje en carreta desde su casa, a la que me tuve que acercar, hasta la carpa de la bestia, sólo había hablado Butler, contando que se había criado en el pueblo de Uhluhtc, al sur del valle de Anchester, donde al parecer se hallaba un lugar muy importante llamado Exham Priory. 

Yo jamás había oído palabra de esos lugares, pero con aquellos extraños nombres imaginé que estarían en el extranjero, pues nada se parecían esos topónimos a los propios de Arizona. Europa, probablemente.


Por fin llegamos Butler y yo, yo y Butler, a la carpa, aparentemente la única que poseía aquel circense espectáculo que mis ahora jefes Hyde y Whateley habían organizado. La noche ya estaba bien arraigada en el cielo, y no se veía casi nada. Por suerte, existen los faroles, y el bueno de Butler traía varios.

Uno quedó encendido en el carro, y al poco tiempo se apagó, pues empezó a caer una fina lluvia que apenas duró media hora, pero lo suficiente como para apagar la llama y dejar el suelo encharcado. Volvamos a nosotros, que portábamos cada uno un farol y, en el caso de Butler, un látigo, en el mío una barra de metal que yo consideraba que sería poco útil. 

Mi buen acompañante levantó la lona de parte de la gigantesca y deforme carpa, la mayor que yo jamás hubiera visto. Antes de entrar, para aumentar la tensión que tú, querido lector, espero estés viviendo, voy a decir que esa carpa no era ni parecida a una carpa circense, pues era negra y de aspecto desalentador. Y que no era ni por asomo circular, sino más bien era un polígono totalmente irregular y con la tela del techo distribuida disparmente. Ahora, vuelvo al relato, entrando con mi buen y hablador amigo Butler en la carpa.


Admito que lo primero que percibí, y eso que dentro de la carpa la luz no era poca, fue el olor, un olor que llenaba las fosas nasales, un olor a podrido, a incienso, a excrementos, a sustancias de enorme pestilencia y temible efecto en un cuerpo humano, un olor que jamás sentí y que jamás se repetirá en la historia de la humanidad, la peor mezcolanza que un ser ha podido crear jamás. Lo impregnaba todo, y se pegaba a la ropa, a la barra de metal, al farol, a tu alma. Lo peor de la experiencia fue el olor.


Bajo la carpa, había una serie de jaulas y cajas con esqueletos animales dentro, repartidas por toda su extensión y mezcladas con cadenas, heno y grandes telas, sobre el suelo lleno de polvo y excrementos. Sin embargo, la zona central de la carpa había sido limpiada concienzudamente. 

En ella, se veía un círculo rojo, casi perfecto, con una serie de palabras escritas en una lengua para mi ignota en el borde exterior. Dentro, había un simple símbolo, una especie de representación de un cráneo de hombre con cuernos, o quizás una cabra antropomórfica, algo que yo no alcanzaba del todo a reconocer, pues quizás no fuesen cuernos sino manos, o tentáculos, o a lo mejor lo veía desde una errónea perspectiva. El signo, negro, tenía dentro unas cuantas velas, de gran altura, y en su centro había un hombre arrodillado, con una tela negra que le cubría por completo. Un leve brillo en la parte superior de su cabeza me permitió saber que no estaba arrodillado sino empalado por una larga púa de metal negro. Varias cadenas salían de debajo de la tela que le cubría. Cada una era sujetada por un hombre diferente, de los doce que estaban en la sala. Los miembros de aquel extraño tribunal vestían trajes negros, con sombreros de copa, y una cruz roja pintada en cada mejilla, de una extraña pasta con aspecto repugnante. 

Todo ello alcancé a ver antes de que Butler me pegase con el farol en la cabeza y me hiciera perder la consciencia. El resto fue rápido. Yo fui también empalado vivo por el experto en aquellas materias del grupo, el señor Hyde. Whateley se ocupó de coger un largo cuchillo ritual y rajarme el abdomen, dejando caer mis intestinos en una cesta. Después, mientras estaba inconsciente por cortesía de mis ausentes tripas, pero dolorosamente vivo, otro hombre al que no conocía pero que estaba dotado de una gran fuerza, siguió empalando hasta sacar la punta de la barra metálica que yo mismo había traído por la parte superior de mi cráneo, matándome así.


¿Y cómo, se preguntará el lector, te preguntarás si es que puedo tutearte, escribes esto? 

Querido amigo lector, yo escribo desde el más allá, una realidad vasta como el universo y eterna como la juventud de la fuente, un ente incomprensible para los que no estáis en él. Desde aquí me compadezco, no de mí, no de mi compañero en la carpa, sino de Hyde, Whateley y demás calaña, a los que la bestia, que desde el techo contemplaba toda la macabra escena que llevaban a cabo y a la que las descripciones no hacen siquiera justicia, devoró. En ocasiones me los cruzo aquí, penando, y supongo que todos nos preguntamos lo mismo:  

¿A dónde fue la bestia?

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