jueves, 11 de diciembre de 2014

Latidos bajo la piel


Aún recuerdo la tarde en la que te encontré. Era un día como hoy, la niebla baja y un frío que helaba hasta los huesos.

Yo volvía de la facultad, con la bandolera a reventar y un fuerte enfado provocado por mi profesor de literatura. 
“Has aprobado por los pelos. Tu narración es demasiado subjetiva, debes centrarte en lo objetivo del texto, Ana”

Solo de pensar en sus palabras me hervía la sangre, pero al parecer no a la suficiente temperatura para lograr aplacar el frío del ambiente. La niebla cubría toda la calle, creando un curioso espectáculo de luces y sombras. Yo me entretenía imaginando a la persona que venía, por los sonidos que escuchaba a través de la neblina. La velocidad de sus pasos, la respiración que producía... No acertaba casi nunca, pero me resultaba divertido probar hasta donde llegaba mi imaginación.

Al llegar a la parada me apoyé en la marquesina, tratando de conservar el calor en los bolsillos del abrigo. Me había colocado la capucha de pelo y la bufanda me cubría gran parte de la cara, pero yo continuaba tiritando.

Al alzar la vista comprobé que dos personas me acompañaban: Una joven no mucho mayor que yo con un abrigo de colores vivos y una mujer mayor.

La mujer vestía pobremente, con una chaqueta desgatada y descolorida por el uso y una falda larga con los bajos deshilachados. Su botas parecía que iban a romperse en cualquier momento a causa del uso. Estaba cargada de bolsas, todas llenas hasta arriba. Me compadecí de ella nada más verla, la vida a veces no nos trata nada bien.
 
Al comprobar el panel informativo de la parada, me impacienté. Aún quedaban 20 minutos para que llegara mi autobús. El frío me hacia encogerme y la cartera me pesaba cada vez más. De pronto noté que la mujer se movía. Pensé que había llegado el autobús que esperaba, pero no era así. 

No había ningún vehículo en la carretera.

Caminó hasta mi altura y me sonrió. Educadamente le devolví la sonrisa. Seguidamente se marchó sin decir una palabra.

Me encogí de hombros. ¿Tal vez habría cambiado de idea?

Me revolví en el abrigo, tratando de entrar en calor, pero al hacerlo golpeé algo a mis pies.
Era una bolsa de papel llena de ropa. Rápidamente pensé en la mujer y corrí a alcanzarla, pero la niebla no me permitía ver más allá de mis narices. 

Pensé en dejarla junto a la parada, esperando que volviera a recogerla más adelante, entonces noté movimiento en su interior.

¿Había algo vivo dentro?

No me considero un chica cotilla ni meticona, pero la curiosidad me movió a mover ligeramente la ropa e inspeccionar su interior. No eran más que trapos viejos y sucios, pero había algo dentro, estaba segura.
Entonces algo se asomó entre la ropa.

Era una pequeña cabeza, peluda y temblorosa. Unas orejas se arquearon al verme y unos ojillos curiosos me miraron algo sorprendidos.

Un gato.

Era un animalillo pequeños y muy delgado, no tendría más que unos meses. El gatito se deshizo de los trapos que le cubrían, sacó las patas delanteras y comenzó a inspeccionar con ellas aquel mundo blando que le rodeaba.

Yo estaba bastante desconcertada y a la vez furiosa con aquella mujer, ¿quién se deja un gato tan pequeño olvidado en una parada de autobús?

Alargué la mano para volver a cubrirlo, y entonces ocurrió algo que me cambió la vida.

Al agarrar los trapos el gato apoyó la pata sobre mi mano y alzó la cabeza, mirándome fijamente con aquellos ojos oscuros. Esa sensación me recorrió el cuerpo, reconfortándome. 

No podía dejarlo allí. Lo saqué de la bolsa y lo coloqué entre el abrigo y mi pecho. El calor humano al menos lo protegería mas que unos sucios harapos. De pronto noté su corazoncito bajo la piel. Latidos de esperanza. 

Primero pensé en llevarlo a un refugio, pero conocía lo mucho que les costaba encontrar un dueño para aquellos animales. Después recordé a la joven de la parada. Al acercarme me di cuenta de que unos enormes auriculares le cubrían las orejas, por lo que deduje que ni siquiera era consciente de lo que había ocurrido. 

Llamé su atención y le expliqué lo mejor que pude lo ocurrido. Ella escuchó atentamente y me contestó:

-Lo siento, no puedo quedarme con él. Mi chico es alérgico al pelo de gato.- Acarició la cabeza del animal y me sonrió. –Espero que tengas suerte y le encuentres pronto un hogar.

A los pocos minutos se despidió y subió al autobús que llegaba.

Me había quedado sola con un gato en el abrigo. 

Traté de pensar un plan alternativo, pero todas mis opciones se fueron reduciendo a medida que las pensaba más y más. Entonces volví a notar aquellos latidos bajo la piel del animal. Acerqué la mano y él jugueteó con mis guantes, tratando de quitármeles. Le acaricié la cabeza y se internó todavía mas en el abrigo, en busca de calor. 

Sonreí, ahora tenía una pequeña vida a mi cargo. 

Al ver las luces del autobús me apresuré a pensar como podría colarlo sin que lo viera el conductor.
Saqué todos los libros con los que podía cargar e introduje con mucho cuidado al animal dentro de la bandolera. Al subir al autobús traté de fingir naturalidad, saludé al conductor y pagué mi billete. Pero el conductor carraspeó al ver que me dirigía a los asientos.

Bajé la cabeza y vi como el pequeños gato se las había ingeniado para sacar la cabeza por un extremo de la bandolera. Traté de aguantar la risa, aunque al conductor no parecía hacerle ninguna gracia.

-¿Tiene que pagar billete él también?- Exclamé tratando de romper el hielo en aquella incómoda situación.

Finalmente el conductor acepto a mi peludo compañero y me coloqué en un asiento junto a la ventana. El gatito se entretenía mirando a través del cristal, viendo lo deprisa que pasaba el mundo.

Desde aquél día han pasado dos años, y aquél animalillo curioso ahora es un perezoso, pero feliz gato casero. 

Es extraño la cantidad de gente extraña que hay en el mundo, pero suelen ser esas personas las que nos cambian la vida.


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