miércoles, 5 de marzo de 2014

Del amor a la muerte


 

En su día te ame, no puedo negarlo.

Era un amor sin freno que me consumió por completo, un amor que usaste como bálsamo y aborreciste cuando viste lo que realmente significaba. Traté de convencerte para que no te alejaras de mí, que no me abandonaras pasado el amanecer. Recapacitaste al escuchar mis palabras y continuaste alimentándote de mis abrazos, pero ya no era lo mismo, para ninguno de los dos. Una mentira a medias que ambos compartíamos una vez más.

El dulce aroma que emanabas en las noches se había vuelto amargo y putrefacto. Era el olor de la mentira, del odio y la traición.

-No es cierto, no puede serlo. -Me repetía continuamente.

Los meses pasaban y aquel olor convertía la más hermosa de nuestras veladas en un tormento, ¿acaso engañabas a la mujer que dio todo por ti? ¿La que nunca te contradecía? ¿La que jamás dudó de tus palabras?

Mi mente estaba dividida, jugando una extraña partida de ajedrez, entablando un duelo entre el amor y la muerte...

Dejé que el tiempo borrara mis dudas y cicatrizase mis imaginarias heridas, tratando de disfrutar de tu compañía, de tu calor. Pero las dudas me carcomían en lo más hondo de mí ser, debía hacer la pregunta que resolvería aquel enigma que turbaba mi alma.

-¿Me quieres, amor? -Te pregunté mientras buscaba tus labios.

-¿Acaso lo dudas? Eres mi mundo. –Giraste el rostro y evitaste mis ojos. -Debo marcharme, no me esperes esta noche.

Tus palabras me herían como un cuchillo en las entrañas, como espinas de la más oscura rosa.

-Él todavía me ama, estoy segura.-Pensé, mientras observaba nuestro lecho vacio.

Caminé durante horas, tratando de disipar cualquier duda como si nunca hubiera existido. Las calles se alargaban más y más, la partida había vuelto a comenzar... 

Eros permanecía en un extremo, dispuesta a demostrarme que tu amor era real y que no debía dudar de tus palabras. Al otro lado del tablero Thanatos me incitaba a no confiar en el hombre que un día llenó toda mi existencia, a convertirme en juez, jurado y verdugo...

La tarde avanzaba y yo continuaba vagando por las infinitas calles de la ciudad. Alcé la vista y contemplé aliviada tu figura, pero al girarte sentí el corazón hecho pedazos. No estabas solo...

Ella te sonreía complacida mientras tú le regalabas un beso. 

Los ojos se inundaban, la sangre hervía. 

¿Cómo pudiste?

Embustes, mentiras, falacias, patrañas.

Todo era una enorme mentira y yo me la había creído.

La cordura y la razón habían quedado relegadas por los celos y la ira, la venganza consumía al amor como el fuego a un trozo de papel. Lentamente ardería hasta no quedar más que las cenizas.

De vuelta al hogar, esperé tu regreso, dispuesta a gritarte toda la verdad. Mentiroso y falso amante, tendrías tu merecido.

Entraste sin hacer ruido, pero yo permanecía frente a ti, encolerizada, lista para dejarte claras todas las razones de mi despedida. Me miraste extrañado, esperando encontrar a tu dama, sumisa y complaciente, hallando en su lugar a una bestia furiosa y sedienta de sangre.

-¡Mentiroso! ¿Cómo pudiste engañarme de esa manera?

Me ofreciste mil y una excusas, todas previsibles y sin argumento. Harta de tus engaños alcé la mano para destapar tu verdadera cara, pero no hizo falta. Ahora te veía como realmente eras, un perro callejero, lloroso y lamentable. Un buscador de placer a corto plazo. Una farsa.

-Márchate de aquí y jamás vuelvas para suplicar mi perdón, bellaco.

Te volviste de nuevo, tratando de infundirme algo de compasión, pero tus artimañas ya no me convencían. 

Nunca volverían a hacerlo.

-Si me entero de que ella sufre también, no tendrás lugar en la tierra donde esconderte.
Entonces marchaste hacia la puerta y cerraste tras de ti. Un inmenso silencio inundó la habitación. La partida había terminado, pero ni el amor ni la muerte habían vencido. Jaque maque.

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