miércoles, 29 de enero de 2014

Me bastó con una mirada



 

El amor es algo que no debemos plantearnos. Se vive, se siente, se disfruta y se deja.  

Me había repetido esa frase durante tanto tiempo que terminó perdiendo su significado original. Ya no era nada más que eso, palabras.

No le amaba, nunca lo hice, pero me había convencido a mi misma de que era lo mejor, lo correcto, hasta que él se cansó de mis dudas y se marchó sin decir ni si quiera adiós.

Me equivoqué y terminé sola de nuevo, buscando un significado nuevo a mi vida. Una cuerda de salvación a la que agarrarme.

Vagaba día tras día por aquella interminable calle principal, tratando de ser algo, de volver a ser alguien.

Entonces una luz me hizo girar la cabeza y admirar un milagro natural.

Ella estaba llena de vida, con un enorme paraguas color aguamarina y una sonrisa que logró paliar todos mis males. Era como si todos los colores del mundo se hubieran unido bajo aquel paraguas y la convirtieran en un ser angelical.

La seguí, como a la luz al final del túnel que nos conduce al paraíso.

¿Qué estaba haciendo? Ni lo sabía, ni me importaba. Era el ser más hermoso que mis ojos jamás contemplarían. Temía que no fuera real, que mi mente lo hubiera creado para no sufrir más, pero no, la realidad me golpeó con toda su furia hasta perder el equilibrio. Tan absorta estaba en aquella mujer, que mis pies fallaron y el resto de mi cuerpo los siguió, aterrizando forzosamente en el suelo.

No recuerdo mucho de los minutos siguientes, tan solo un hermoso rostro tratando de hacerme reaccionar y unas delicadas manos ayudándome a levantar.

Ella sonrió al verme y yo me sonrojé como una colegiala.

-Yo ... café ... querría ...

En mi cerebro sonaba mucho mejor, eso es cierto, pero ella asintió y me resguardó bajo su paraguas.

- Acepto con gusto ese café.

Allí empezó todo, con un café frio, decenas de servilletas para secarme y muchas risas. No podía olvidarla así como así, con lo cual le pedí volver verla. El siguiente café llevó a otro y ese a otro.

Casi un mes más tarde el corazón me pedía sincerarme con aquella hermosa joven que había logrado cautivarme, pero mi razón dudaba. ¿Y si ella no sentía lo mismo? ¿Y si no aceptaba mis sentimientos? ¿Y si...?

No me podía cuestionar mas, las dudas habían sido mi perdición en el pasado, debía hacerlo.

Una tarde la llevé de nuevo al café donde todo comenzó y nos sentamos en la mesita del fondo. Ella estaba radiante, con su jersey azul y un pantalón blanco. Su melena pelirroja estaba suelta y ondulada, como una cascada de fuego. Ni si quiera era capaz de mirarla a los ojos, estaba demasiado nerviosa

-Eva, yo... Querría confesarte algo. Algo importante. – Mi boca titubeaba, no podía hacerlo. – Me gustaría decirte...

Ella llevó sus dedos a mis labios y detuvo mis torpes palabras.

-De nuevo te fallan las palabras. No digas mas, princesa.

Su rostro se acercó y una corriente de 1200 voltios recorrió mi cuerpo. Volcanes, huracanes, tsunamis... No eran nada comparados con la pasión de aquel beso. Sus caricias se derretían en mi ardiente rostro. Fuego y hielo en perfecta armonía.

-Te quiero. -La susurré

Ella alzó una ceja y dibujó una sonrisa traviesa mientras se acercaba de nuevo.

-Una frase bien hecha y sin titubeos, me gusta como suena. –Me besó lentamente en la mejilla y suspiró. – Yo también te quiero.

Ella era mi musa, mi bálsamo, mi mejor opción. La dama que me hizo comprender que el amor era lo mejor del ser humano, su cualidad más hermosa, más sincera.

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Este fue el relato que presenté al concurso "Liberando la Imaginación" de Retazos de una vida y Canción Destartalada (Un besazo enorme para su administradora, que es una de mis mayores comentaristas y un cielo de chica). No hubo suerte, pero me encantó participar, era un tema novedoso del que nunca había escrito y me animé.
Espero que os haya gustado.

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