jueves, 9 de enero de 2014

Colinas de Escarcha



           La carretera avanzaba a toda velocidad tras la ventanilla mientras en el coche resonaba aquella vieja cinta de villancicos. De nuevo era navidad, de nuevo Bakewell nos daba la bienvenida. Todas las casas habían teñido de blanco sus tejados, rindiéndose ante el invierno.

Las calles que vieron a mi madre crecer eran estrechas y empedradas, mas difíciles todavía de transitar a causa de la nieve caída la noche anterior. Poco a poco recorrimos el pintoresco municipio, hasta llegar a la casa de mi tío Benjamin.

-¡Anna! –Exclamó al verme.- ¿Has crecido? Ya pareces una mujercita.

-Un año más vieja que el año pasado, tío Benny.

Miré con inquietud hacia el final de la calle. Estaría esperándome, no debía entretenerme.
Mi padre sonrió y me susurró.

-Puedes ir, pero no tardes mucho.

Sonreí, de nuevo volvería a verla, como todas las navidades.
 La nieve volvía a caer. Me até bien fuerte las botas, abrí mi paraguas de cuadros y comencé a andar.
Al final de la carretera había un camino que se perdía en la lejanía. 

Nada se oía. Tan solo los arboles se atrevían a cantar con la suave brisa invernal. Una valla cercaba el bosque de pinos. Altos, solemnes y blancos.

 
La nieve caía cada vez con más intensidad frente a mí, pero mi valiente paraguas me protegía de aquellos cristalitos blancos. El suave roce de mis botas me indicó que el sendero había desaparecido bajo aquel manto blanquecino. Ya estaba cerca.

Las ondulantes colinas se alzaban perezosas, vistiendo de nuevo su traje de invierno. El bosque de pinos se había quedado tras de mí, mostrando un nuevo paisaje, suave y apacible, como si fuera de algodón.
Al fin, allí estaba, a lo lejos.

Continuaba igual, con sus enormes paredes de piedra gris y ventanales de colores. La antigua casa de los Woodgate me saludaba de nuevo con su enorme torreón. Aquella no era una casa cualquiera, sus duras paredes llevaba cien inviernos resistiendo el frio, cada año más vieja que el anterior, más hermosa.

Mi padre me la enseñó cuando era niña. Me contaba historias sobre fantasmas y brujas, pero yo siempre le ignoraba y disfrutaba admirando su fachada empedrada y su torreón de ladrillo negruzco. Siempre la visitaba un día antes de navidad. Era mi extraña tradición, mi última cosa que hacer antes del finalizar el año.

La imagen era única. Tras la valla de madera que me separaba de ella, un enorme campo blanco se alzaba poco a poco hasta lo más alto de la colina, donde pinos y abetos convivían frente a la casa. La colina continuaba ascendiendo hasta llegar a lo más alto, allí estaba ella, tan majestuosa como siempre.

-Me alegro mucho de volver a verte. Hasta el próximo año, vieja amiga...-Me despedí mientras agitaba mi paraguas.


Hoola Compaseros
Hoy os dejo por aquí el relato que presenté en su día al concurso de P. F. Roche de Erase una vez... (No hubo suerte, buaaa). Pero no me he desanimado (solo un poquito jeje)  y he decidido subirlo al blog a ver que os parece.
Espero que os haya gustado

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