viernes, 25 de enero de 2013

Esa mujer que soy, esa mujer que quiero ser.




Mi historia, no es tan distinta a la de otras mujeres. Una decisión nos marca, solo un segundo puede llevarnos a la locura y no es fácil volver atrás. Yo tuve suerte, tan solo fue eso. Lo recuerdo como si fuera una película antigua, distorsionada y sin apenas color. Los gritos de aquella noche me hicieron imposible el dormir durante semanas. 

Yo estaba en el piso, aquel 3 piso con vistas a la calle, siempre ordenado y limpio, como a él le gustaba. Miré a la calle, el otoño había arrancado todas las hojas los arboles de la avenida, antes verdes y majestuosos habían quedado desnudos, frágiles. Como yo. Antaño una joven libre, encadenada ahora a una horrible rutina cada vez mas asfixiante. Pero no, no era la rutina lo que me asfixiaba. 

Las indecisas nunca se llevaran al príncipe, me decía mi abuela. Y al parecer la tome la palabra, con tan solo 20 años contraje nupcias con el príncipe azul, pero ese príncipe había cambiado de traje, se había convertido en un monstruo, deformado y grotesco al que cada vez me era más difícil mirar.

La rendición no debe estar nunca en tu vocabulario, una frase grande dicha por una gran mujer, mi madre. Miré la foto del aparador, su vestido azul de rayas fue siempre mi favorito, ella, siempre alegre, siempre dispuesta a ofrecerme un hombro sobre el que llorar. Siempre hablaba de mi padre, un hombre honrado cuyo único error en la vida fue encontrarse con un borracho en mitad de la autopista. Ella me crió, sola, pero fuerte ante cualquier adversidad.

Hacía ya 3 años que el cáncer se la había llevado de mi lado. Acaricié lentamente la fotografía y la devolví de nuevo a su sitio, junto a la parejita de boda. 

Cuánto daño me había provocado el mirar diariamente aquella simple figurita de plástico, no era la figurita lo que me dañaba y me corroía, si no su significado, mi error.

No siempre fue así, o al menos eso me hacía creer cada vez que discutíamos. Su rabia contenida se estrellaba contra todo lo que había a su paso: sillas, lámparas, cortinas, yo.

Al igual que una muñeca de porcelana me había ido resquebrajando poco a poco, al principio no que quería creerlo, pero la obviedad pronto me golpeó; había conseguido alejarme de mis amigos, de mis compañeros de trabajo e incluso de mi familia.

Pero eso se había acabado. Eso me repetía cada noche frente al teléfono, pero nunca había tenido agallas para pulsar aquellos tres simples números. Me levanté con cuidado la manga de la chaqueta y deslicé lentamente el dedo por su última gran obra. El reflejo de la ventana me confirmó el hecho.
Si continuaba así, mi vida terminaría antes de lo que habría querido. Una lágrima comenzó a correrme por la mejilla, una lágrima de rabia, de dolor. Cayó sordamente sobre el parqué, dejando un pequeño cerco húmedo alrededor.

Entonces lo sentí, un débil pinchazo en el cerebro, como si una campanita comenzara a sonar a lo lejos. Agarré de nuevo la fotografía y la apreté contra mi pecho. Miré de reojo el teléfono y me acerqué lentamente. Esta vez lo haría. Marqué mientras repetía susurrando cada número.

-Cero, uno, seis...

lunes, 21 de enero de 2013

Miedo a las puertas





Abatibles, correderas, giratorias, blindadas, venecianas, o incluso la de tu propia casa. Todos hemos oído hablar de esa ignorada parte de nuestras vidas en la que se nos abre o se nos cierra una puerta. Esa incomprendida que más de una vez se ha llevado nuestros dedos por delante o nos ha dejado encerrados fuera, olvidarnos las llaves dentro.
De pequeños el saber que detrás de una puerta nos esperaba el calvario de una aguja o una silla de dentista nos hacía temblar de pies a cabeza, deseando que no se abriera para nosotros. El girar del pomo por parte de la enfermera ha provocado más de un llanto infantil o carrera hacia la puerta de salida en alguna ocasión, eso seguro. Tarde o temprano nos damos cuenta de que es por nuestro propio bien, pero hasta que ese momento llega, esa puerta se convierte en la peor enemiga de cualquier infante.
A medida que pasan los años nuestro miedo se torna hacia otras puertas, en el caso de los estudiantes hacia la de los tutores. O si. El saber que tras esa puerta te espera una hora de interminable reprimenda por parte de tu profesor resulta de lo más estimulante. Sarcasmos aparte esa puerta ha provocado desde mareos hasta dolores de estomago instantáneos. Eso sin contar la que a ese estudiante le espera tras llegar a su casa, por un segundo se le tornara apetecible la idea de cruzar antes las puertas del mismísimo Infierno.
Otro gran miedo estudiantil con respecto a las puertas es la llegada de las notas, el saber que debes entrega la hoja a tu madre, que pronto se convierte en Jack Torrance de "El Resplandor"  versión femenina en caso de que no sean de su gusto, provocaría a este pobre estudiante una sensación extraña: Comenzará a planear una lista de posibles soluciones, desde el ruego con guarnición de lagrimas hasta el saltar por la ventana a la mínima ocasión, una tortura.
En la edad adulta el miedo se centra en una puerta concreta. ¿A qué obrero, comerciante o funcionario no le aterroriza la idea de llamar a la puerta del jefe? Solo imaginar la cara de perro de tu superior provoca ese intenso escalofrío que sube hasta la nuca, inmovilizando al pobre infeliz que espere frente a ella. Ese tembleque en manos y rodillas con tan solo ver el pomo dorado y la placa grabada.
En realidad no es algo tan difícil de entender, tan solo es plancha de madera, hierro u otro material que se coloca en el vano de una pared de forma que pueda abrirse y cerrarse, pero no es el objeto en sí lo que provoca los escalofríos y el mareo ante las situaciones anteriores, si no lo que esconde tras ella.