domingo, 3 de noviembre de 2013

Pulso




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-¡Descarga!

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-¡Doctor haga algo!

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 Sin duda esos fueron los diez segundos más largos de mi vida. Un error y su consecuencia. Mi tozudez frente a la realidad. Allí estaba, tumbada en la camilla de la última sala del hospital, con la cabeza abierta y mi corazón al descubierto.

Sin opciones
Sin pulso

¿Alguna vez han sentido que el tiempo se ralentiza?
Es una extraña sensación, se derrite poco a poco, como la cera de una vela. Y solo piensas: Necesito avanzar, avanza más deprisa.

 Ruegas, suplicas y rezas para que no sean tus últimos segundos.
Miras a tu alrededor y solo ves rostros distorsionados y sangre, tu sangre, mi sangre...

-¡Carguen!

Entonces mi cuerpo convulsiona, pero no responde. El miedo me invade, ¿tan mala fue mi decisión? Los recuerdos inundan mi visión como un torrente de agua. La discusión, el portazo, la autopista, el semáforo, el golpe...

Mi cerebro se niega a responder, ¿qué fue lo que pasó? ¿Hubo más heridos? ¿Maté a alguien?
La culpa me invade, pero entonces una imagen se estrella en el fondo de mi subconsciente. Recuerdo la farola, el coche la cuneta, mi cuerpo arrastrándose en busca de una segunda oportunidad.

-Se nos va...

No, no quiero irme. Me niego a convertirme en un cadáver desfigurado en mitad de un lóbrego jardín de tumbas. 

Luchare, viviré, haré lo que sea para salir con vida de este quirófano.

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-¿Hay pulso?

-Doctor, tiene pulso, ¿cargamos de nuevo?

Siento calor de nuevo en mi cuerpo, algo se enciende, emite, funciona de nuevo.
Abro los ojos despacio y observo a mí alrededor.
Empieza de nuevo mi vida.


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