viernes, 8 de noviembre de 2013

El Cuervo viste de Ceniza




De todas las historias, fabulas, cuentos y leyendas que mi abuela me contaba de niña, sin duda he sacado grandes lecciones.
Me enseñaron a respetar a mis mayores, a cuidar de lo que me rodea y a amar lo que tengo. Pero esta que os contaré hoy sobre el origen de los cuervos aporta una importante lección: El odio hacia tus semejantes siempre trae funestas consecuencias...

Hace más de 200 años, en las altas montañas de Centro Europa se alzaba una imponente ciudad. Estaba dirigida por un rey, un hombre justo y bondadoso cuya ética estaba ligada estrictamente las leyes del reino. Su difunta esposa le había dejado dos hermosos hijos. 

El príncipe marchó joven a la guerra que se disputaba en el país vecino, ayudándolo a deshacerse de los incansables barbaros. La princesa era un ser de aspecto angelical, tan hermosa y delicada como el rocío de la mañana, pero bajo  su cortés apariencia escondía un oscuro secreto, un alma pútrida y retorcida que la llevaba menospreciar e incluso a agredir a sus criadas.

La mas joven de sus doncellas era un muchacha muda, cuya vida se limitaba a satisfacer las exigentes peticiones de la perniciosa princesa. Una noche después de terminar de coser, la joven llevó su nuevo vestido al vestidor.
Al verse reflejada en el espejo comenzó a soñar la vida que tendría si hubiera nacido en mejor cuna, con tan mala suerte que fue vista desde la puerta por la princesa, que perdiendo los estribos agarró una aguja y comenzó a picar las manos de la criada, haciéndola sangrar.

Después del injusto castigo la pequeña criada se marchó llorando hasta la cocina maldiciendo en silencio su suerte. Al intentar gritar se entristeció aun mas, apenas logró lanzar un suspiro lastimero.
Los meses pasaban y una comitiva llegó al reino. La hermana menor del rey visitaba el palacio con una pequeña sorpresa, un bebe.

El diminuto hombrecito reía ante el plácido rostro de su madre, que rebosaba felicidad y ternura. La princesa, colándose de nuevo su máscara de falsa cordialidad se acercó al infante, que en cuanto se vio en los brazos de su prima comenzó a llorar.

Ella disgustada ante el molesto chillido le cedió el bebe a la criada, que lo meció en sus brazos con delicadeza. El bebe, de pronto ceso de llorar y mostró de nuevo su sonrisa. 

La princesa sintiéndose humillada ante la capacidad de la joven criada pidió a su padre que le dejara pasear al bebe. Él, sabiendo lo que ocurriría si ella volvía a coger al niño, la negó la petición.

Pero ella quería cogerlo, sentir que alguien la pertenecía. Lanzó una mirada lasciva a la joven que lo acunaba y tranquilizaba. Si ella no podía tenerlo, nadie lo tendría...

Caída ya la noche la princesa se levantó de la cama y se dirigió a la habitación del infante. Entró en la sala e inspeccionó lo que tenía alrededor. El bebe dormía tranquilo en su cuna, mientras que sus padres lo hacían en la cama. Agarró delicadamente al niño y abandonó la estancia tan deprisa como había entrado.
La princesa recorrió el pasillo hasta las escaleras, donde ascendió hasta la torre. Miró al niño y lo sostuvo en el aire.

-No volverás a llorar.-Le susurró.

Seguidamente soltó al pequeño, que se precipitó al vacío.

La noticia se extendió como la peste por todo el castillo. La madre no encontraba consuelo, ¿quién había sido capaz de cometer tal atrocidad? 

La princesa, a sabiendas de sus actos no tenía ningún tipo de remordimiento, su alma estaba tan sucia que un simple bebe no iba a amargarle la oportunidad de dañar a alguien más.

-Fue ella, vi como se adentraba en la habitación del niño y se lo llevaba en brazos.-Dijo, acusando a la criada muda.
La joven, incapaz de hablar, incapaz de defenderse ante aquella mentira fue inmediatamente sentenciada a muerte. No satisfecha con el castigo, la princesa lanzó una última alegación.

-Se lo entregó a Satanás, ella adora al mismo diablo.

El castigo estaba claro, la joven, aunque inocente fue acusada de bruja y se la condujo a la hoguera, donde seria quemada. La pequeña criada pidió clemencia, pero ni ella misma se escuchó... Al cabo de unos minutos en la tea tan solo quedaban cenizas.  

De pronto una de las palomas de la catedral bajó de la torre y comenzó a embadurnarse en las cenizas de la inocente, tiñendo su plumaje de negro, convirtiéndose en el primer cuervo.

Voló alto y con su estridente graznido recorrió la ciudad hasta el palacio, en cuyo jardín permanecía la princesa.
Entonces se abalanzó sobre ella, arañándola la cara con sus garras y dañándola con el pico. Ella salió corriendo con la cara ensangrentada hacia la sala del trono, haciendo gritar a todos los que se topaba con ella.
Entró de golpe en la cámara y su padre, horrorizado contempló como el cuervo había terminado arrancándola los ojos de las cuencas.

 -¡Fui yo padre! ¡Yo mate al niño!

No hizo falta más que aquella frase para que el rey, muy a su pesar tuviera que mandar a su hija al cadalso.
Tras tan duro golpe, el rey se sumió en una profunda tristeza. Pero las desgracias se sucedieron una tras otra: su hijo mayor había sido derrotado por las tropas bárbaras. Sin heredero alguno y completamente derrotado, el buen rey optó por el suicidio. 

Apenas un par de meses más tarde las ciudad fue invadida y masacrara por las hordas enemigas, que redujeron a cenizas la ciudad.

Sombría y funesta, aquella ciudad se convirtió en una oscura sombra, donde volaban los cuervos nacidos de las cenizas de los inocentes.

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