jueves, 2 de mayo de 2013

Las Cronicas de Dante Moon




 Hacía ya ocho años que no recibía noticias de ella. Al principio pensé que se retrasaba a posta, a sabiendas de que odiaba esperar la llegada de sus cartas, pero pronto comprendí que su historia había terminado finalmente.

Supongo que lo más normal hubiera sido que se hubiera despedido, pero esa no sería mi Frankie, la gran Frankie Solomon. 

Aún recuerdo nuestro primer encuentro, me había citado a través de un conocido en la taberna de Greta de Ausus, en el centro. Me senté en la barra y esperé. Los minutos pasaban lenta y pesadamente en aquel ambiente tan cargado de risas y alcohol.
Finalmente la vi a través de la ventana. Bajó del corcel con brusquedad y comenzó a andar hacia la puerta, abriéndola de golpe. Las risas cesaron al ver la figura a contraluz, tan sombría y misteriosa. Tras unos segundo de incomodo silencio, los comensales volvieron a sus platos y los borrachines continuaron con su cháchara.

Sus botas hacían crujir la vieja madera a cada paso que daba. La oscura capa la llegaba más abajo de las rodillas, haciendo difícil adivinar su fisionomía. Se sentó en la mesa vacía al fondo, junto a la ventana, sacó una pipa de madera y la encendió con calma.

Me acerqué a la mesa. Ella ni siquiera me miró, la capucha la tapaba gran parte del rostro, pero la débil llama de la pipa la ilumina con una cálida luz. Su piel era pálida, sus ojos, vivaces, como los de un niño, de un extraño color dorado que resaltaban entre sus espesas pestañas. El pelo castaño la caía mansamente por la capucha, como una cascada. Finalmente se quitó la capucha, dejando ver su rostro, delgado y anguloso. Pude ver también una gran cicatriz que la recorría desde la ceja hasta la mejilla, atravesándola el párpado.

-El cronista supongo.

Su voz resultaba extrañamente dulce, pero rígida al mismo tiempo. Sus dientes, perfectamente blancos resaltaban sus oscuros labios, finos y delicados.

Yo asentí, intentando no temblar ante ella, pese a que su presencia imponía cierto respeto, su arma me lo imponía aún más. La enorme guadaña estaba ajada, pero su hoja continuaba afilada.

-Pues escucha y anota pequeño, lo que voy a contarte es la historia de mi vida.

La vida más increíble que jamás recopilé.

Nacida en la completa pobreza, Frankie se crió en una lejana ciudad de la que nunca había oído hablar. Tuvo una infancia llena de baches y malos momentos, cambiando de mano en mano, ganándose la vida robando o chantajeando. El fin justifica los medios, y el no pasar hambre es el fin más codiciado por la gente pobre.

Tras una infancia sinuosa e irregular cayó en manos de un mercenario de las montañas Azules, un hombre temido entre sus compatriotas, que lo definían como un animal solitario y codicioso. Él la tomó como aprendiz en el antiguo arte de la caza de monstruos, iniciando así una carrera que la llevaría a lo más alto del escalafón de los cazadores.

Me contó que había visto los seres más extravagantes y peligrosos que pudiera imaginar, los leones de fuego del Monte Lobo, la gran serpiente blanca en el rio Jala... Y todos habían sucumbido bajo el filo de su guadaña.

Nuestra conversación se alargó hasta la medianoche. Después ella me entregó el pago acordado y me explicó los términos de mi contrato: Me enviaría cartas mensualmente, junto con el dinero requerido. Sus cartas solían llegar en un sobre alargado, escritas con su letra pequeña y junta. Nunca firmadas.

Se había recorrido todo el continente a lomos de su corcel, participando en las batallas entre Lores de las que tanto oíamos hablar a los soldados que llegaban a la ciudad.

Visitó los lugares más recónditos de nuestro mundo,  los monasterios perdidos en los montes Urdos, islas afrodisiacas en el mar de Samudra , el templo de Elis en el Bosque de las Almas, en el que los hombres tenían prohibido la entrada. Siempre dispuesta a defender su honor y a sacar el máximo beneficio en cada trabajo.

Después de más de media década recopilando sus cartas, me llegó una terrible noticia, la gran cazadora de monstruos fallecía en una batalla en el mar, junto con toda la tripulación del navío.

Fue entonces cuando me decidí a compartir con todos la vida de aquella mujer de ojos vivaces, tan misteriosa y extraordinaria que conmovió al mundo y me convirtió en el escritor de prestigio que soy hoy.

Pero hace aproximadamente un mes encontré un pequeño paquete frente a mi casa, en ella había  un reloj de bolsillo y una nota en la que reconocí al instante aquella letra pequeña y junta. "Nunca dejes de escribir pequeño" decía.

Puede que no fuera el final de Frankie Solomon a fin de al cabo.

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