lunes, 21 de enero de 2013

Miedo a las puertas





Abatibles, correderas, giratorias, blindadas, venecianas, o incluso la de tu propia casa. Todos hemos oído hablar de esa ignorada parte de nuestras vidas en la que se nos abre o se nos cierra una puerta. Esa incomprendida que más de una vez se ha llevado nuestros dedos por delante o nos ha dejado encerrados fuera, olvidarnos las llaves dentro.
De pequeños el saber que detrás de una puerta nos esperaba el calvario de una aguja o una silla de dentista nos hacía temblar de pies a cabeza, deseando que no se abriera para nosotros. El girar del pomo por parte de la enfermera ha provocado más de un llanto infantil o carrera hacia la puerta de salida en alguna ocasión, eso seguro. Tarde o temprano nos damos cuenta de que es por nuestro propio bien, pero hasta que ese momento llega, esa puerta se convierte en la peor enemiga de cualquier infante.
A medida que pasan los años nuestro miedo se torna hacia otras puertas, en el caso de los estudiantes hacia la de los tutores. O si. El saber que tras esa puerta te espera una hora de interminable reprimenda por parte de tu profesor resulta de lo más estimulante. Sarcasmos aparte esa puerta ha provocado desde mareos hasta dolores de estomago instantáneos. Eso sin contar la que a ese estudiante le espera tras llegar a su casa, por un segundo se le tornara apetecible la idea de cruzar antes las puertas del mismísimo Infierno.
Otro gran miedo estudiantil con respecto a las puertas es la llegada de las notas, el saber que debes entrega la hoja a tu madre, que pronto se convierte en Jack Torrance de "El Resplandor"  versión femenina en caso de que no sean de su gusto, provocaría a este pobre estudiante una sensación extraña: Comenzará a planear una lista de posibles soluciones, desde el ruego con guarnición de lagrimas hasta el saltar por la ventana a la mínima ocasión, una tortura.
En la edad adulta el miedo se centra en una puerta concreta. ¿A qué obrero, comerciante o funcionario no le aterroriza la idea de llamar a la puerta del jefe? Solo imaginar la cara de perro de tu superior provoca ese intenso escalofrío que sube hasta la nuca, inmovilizando al pobre infeliz que espere frente a ella. Ese tembleque en manos y rodillas con tan solo ver el pomo dorado y la placa grabada.
En realidad no es algo tan difícil de entender, tan solo es plancha de madera, hierro u otro material que se coloca en el vano de una pared de forma que pueda abrirse y cerrarse, pero no es el objeto en sí lo que provoca los escalofríos y el mareo ante las situaciones anteriores, si no lo que esconde tras ella.


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