martes, 25 de diciembre de 2012

¿Qué es para ti un regalo?



Hace unas semanas me pasó algo de lo más curioso: Yo, como cada día iba a comprar el pan nada más llegar del instituto. Allí me encontré con mi vecina y con su hijo. El pequeño, de tan solo 4 años me miró con sus enormes y curiosos ojos.

-¿Qué es un regalo?

Yo, extrañada por la pregunta la respondí como mejor supe.

-Un regalo es algo que le das a alguien porque le quieres mucho.

Él, no satisfecho con mi respuesta negó un par de veces con la cabeza.

-No, un regalo no es eso.

Su madre, al ver mi expresión, comenzó a reírse y me dijo que era una pregunta tonta por parte del niño, que estaba en la edad de preguntar por todo. Eso pensé yo al principio, pagué la barra y me fui. Ya de camino a casa, la pregunta de mi vecinito me rondaba aun por la cabeza. ¿A caso aquel pequeño dudaba de algo tan obvio? Rápidamente deseche aquella tontería de mi cabeza.

Pero, tras una noche en vela a causa de la dichosa pregunta, mi cerebro empezó a preguntarse en serio si lo que había estado pensando toda la vida estaba equivocado.
Por suerte yo acababa de terminar mis exámenes finales, con lo cual me propuse responder a la pregunta 
¿Qué era un regalo?  Además podría aportarme alguna idea para mis relatos, no hay mal que por bien no venga.

Empecé por buscar lo más básico. Según la RAE un regalo es lo que se da a alguien sin esperar nada a cambio, como muestra de agradecimiento o cualquier manifestación de afecto dirigido a otro. Pero eso yo ya lo sabía de sobra, quería un significado más profundo, más humano.

Regalo, present, geschenk, dom, cadeau...Por más idiomas en que lo buscaba menos claro me quedaba.
Tras haber fracasado en el sentido léxico, me fui a buscar el práctico. En el fondo no era más que un objeto metido en una caja de cartón, que estaba envuelta en llamativo papel plastificado y adornado con un lazo de tela. Era simple, demasiado para lo que estaba buscando.

Harta de emprender mi cruzada en solitario pedí ayuda a mis amigas de toda la vida, pero ellas me respondieron lo mismo que el diccionario, al igual que a toda la gente que pregunté.
Al parecer se trataba de algo materialista, que se entregaba a la gente cercana a ti en ciertas épocas del año prefijas desde hacía mucho. Sin trampa ni cartón.

En casa pregunté a mi padre que le gustaría que le regalasen y porque.

-Me conformo con que tu madre no me regale unos calzoncillos.

Mi madre desde el salón le respondió.

-Eso no te lo crees ni tu cariño.

Yo empecé a meditar mi propia teoría particular, significaba algo, sino ¿Por qué lo hacíamos? ¿Por qué gastábamos nuestro tiempo, dinero y en ocasiones paciencia por algo así?

Finalmente llamé a la persona más sabia que conocía.

-Hola abuela.

Me contó lo que había estado haciendo a lo largo del día, ir a comprar, hablar con las vecinas, colocar la casa, pasear. Yo le conté todo lo que me había pasado a lo largo de la semana. Una vez que terminamos de hablar, la pregunté acerca de los regalos. Ella se rió y me dijo que los regalos tienen un significado diferente para cada uno, para los niños son los juguetes, para los adolescentes el último modelo de móvil, para los mayores la paga extra de navidad.

Yo la pregunté a cerca de lo que quería por navidad.

-Lo que querría cariño es que se acortase la distancia que hay de aquí hasta donde vive tu tío, para que así pudiera pasar la navidad con nosotros.

Era cierto, mi tío y su familia vivían lejos y tan solo venían en ocasiones contadas.
Supongo que esa fue la pequeña chispa que encendió mi cerebro, ya sabía lo que significaba.

Al día siguiente volví a la tienda, donde también estaba mi vecina y el pequeño. Él me sonrió y me preguntó de nuevo.

-¿Qué es un regalo?

Entonces le susurre al oído:

-Un regalo es lo que tú quieras que sea, un juguete, una felicitación, una cena en familia. Lo que importa es el significado que quieras darle.

Él niño me miró y me dijo.

-¿Ves? Eso sí que es un regalo.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Sapo busca princesa

Hace mucho tiempo vivía en un idílico bosque un pequeño sapo, en el pasado grandioso noble de buena cuna, que a causa de las malas artes de una pérfida hechicera, su agraciado rostro quedó reducido a un puñado de verrugas verdinegras. Sus rudas manos, que a tantos infieles había dado castigo eran ahora membranas, sus ojos tan azules y claros como los mares del sur habían quedado reducidos a dos pequeñas y acuosas cavidades ennegrecidas.
Cuanto añoraba su antigua existencia, cuanto añoraba su fastuoso castillo y sus  grandiosas riquezas. Tan solo tenía ahora un nenúfar en mitad de una olvidada charca.
Recordaba los cuentos que su aya le contaba de niño, en los que la rana se volvía príncipe tras el codiciado beso de la más bella de las princesas. A diario soñaba con que su princesa ideal llegara a su olvidada charca y le devolviera la antigua vida que tanto extrañaba.
¿Sería una Cenicienta? Recordaba a la Cenicienta. Siempre medio descalza y tiznada de ceniza, acompañada por un extraño sequito de ratones y ratas, buscando si parar su imaginario zapato de cristal.
¿Sería acaso una Blancanieves? Su pelo azabache y sus mortecinos labios provocaría la locura de cualquier hombre mortal, pero el que siempre estuviera rodeada de siete entrometidos de medio metro armados de picos y palas, desanimaba la idea de cortejarla.
¿Sería una Bella Durmiente? Una dama tan bella como el amanecer, que dormitaba en un lejano bosque, que al igual que él esperaba el beso de la persona correspondida. Imposible, pensó.
Entre pensamientos y reflexiones el pobre sapo no escucho el terrible bramido que una desconocida bestia emitió. Los animales huyen a su paso, las hadas se esconden de nuevo en sus flores, hasta los temibles ogros, en sus cuevas se cobijan. ¿De qué terrible aparición se trata? Ni demonio ni monstruo, tan solo una campesina de basta voz es.
Al mismo Belcebú habría espantado, su rostro colorado recordaba a un pimiento arrugado. De nariz rechoncha y orejas peludas, esta campesina recogía champiñones, mientras una desentonada cancioncillas salía de su enorme boca que de dientes torcidos y halitosis estaba repleta.
Sus enormes manos, recogían los champiñones con tanta fuerza que si lo hubiese querido, un gran trozo de tierra también habría arrancado.
Sus maneras, eran comparables a su aspecto, burra cuan tozudo borrego e inteligente como solida roca.
Se acercó curiosa al sapito, y lo levantó de las ancas con rudeza.
-Con los champiñones y tus ancas  guiso exquisito prepararé.
El sapo, asustado, tanto por la bizarra "belleza" de aquella mujer como por la idea de terminar en una olla, grito:
-No me comáis por Dios, una rana no soy.
La campesina, su cabeza pelona se rascó.
-¿Cómo que no? Tienes verrugas, ancas y eres verde. Uno conejo seguro que no sois.
-Cierto, no soy conejo, pero tampoco una rana. Soy un príncipe hechizado que busca el beso de una princesa para regresar a mi antigua existencia.
A la campesina, que no era muy brillante, la idea de la rana-príncipe le sonaba extraña. Al verlo, el sapo le relató su historia, pero la campesina seguía con la misma cara. Finalmente logró entenderlo, pero la idea de la princesa no le había entrado.
-¿Y si os beso yo?
La simple idea de que una mujer como aquella le besara, hacía muy apetecible el suicidio, pero no todo estaba perdido, si lograba convencer con buenas palabras a la pueblerina, conseguiría huir de aquella incómoda situación.
-Pero vos, mi buena señora no sois una princesa.
-Mi padre dice que soy tan bella como una.-Dijo ella, mientras entornaba los ojos y suspiraba.
-Vuestro padre ciego, ¿me equivoco?
-¿Cómo lo habéis adivinado? ¿Sois mago acaso?
-Qué remedio, ni siquiera un santo habría logrado visualizar vuestra belleza.- Pensó para sus adentros el sapito.
-Volviendo a lo que nos atañe, no pertenecéis a familia noble, con lo cual, mi querida señorita, no puedo desposarme con vos.
Los ojos de la campesina, furiosos se tornaron.
-Pues si a mi mano no tomáis en matrimonio, directo a mi cazuela iréis.
Agarró entonces su enorme garrote y se dispuso a dar muerte a nuestro valiente sapo. Pero entonces, llegó el destino, que de tanto alarido había acabado por despertarse de la siesta. El sapo aterrizó en la charca, y la campesina salió huyendo hacia la espesura tan veloz como el rayo. Levantó temeroso la cabeza el sapo.
-¿Acaso no podríais haber aparecido antes?