lunes, 3 de diciembre de 2012

Sapo busca princesa

Hace mucho tiempo vivía en un idílico bosque un pequeño sapo, en el pasado grandioso noble de buena cuna, que a causa de las malas artes de una pérfida hechicera, su agraciado rostro quedó reducido a un puñado de verrugas verdinegras. Sus rudas manos, que a tantos infieles había dado castigo eran ahora membranas, sus ojos tan azules y claros como los mares del sur habían quedado reducidos a dos pequeñas y acuosas cavidades ennegrecidas.
Cuanto añoraba su antigua existencia, cuanto añoraba su fastuoso castillo y sus  grandiosas riquezas. Tan solo tenía ahora un nenúfar en mitad de una olvidada charca.
Recordaba los cuentos que su aya le contaba de niño, en los que la rana se volvía príncipe tras el codiciado beso de la más bella de las princesas. A diario soñaba con que su princesa ideal llegara a su olvidada charca y le devolviera la antigua vida que tanto extrañaba.
¿Sería una Cenicienta? Recordaba a la Cenicienta. Siempre medio descalza y tiznada de ceniza, acompañada por un extraño sequito de ratones y ratas, buscando si parar su imaginario zapato de cristal.
¿Sería acaso una Blancanieves? Su pelo azabache y sus mortecinos labios provocaría la locura de cualquier hombre mortal, pero el que siempre estuviera rodeada de siete entrometidos de medio metro armados de picos y palas, desanimaba la idea de cortejarla.
¿Sería una Bella Durmiente? Una dama tan bella como el amanecer, que dormitaba en un lejano bosque, que al igual que él esperaba el beso de la persona correspondida. Imposible, pensó.
Entre pensamientos y reflexiones el pobre sapo no escucho el terrible bramido que una desconocida bestia emitió. Los animales huyen a su paso, las hadas se esconden de nuevo en sus flores, hasta los temibles ogros, en sus cuevas se cobijan. ¿De qué terrible aparición se trata? Ni demonio ni monstruo, tan solo una campesina de basta voz es.
Al mismo Belcebú habría espantado, su rostro colorado recordaba a un pimiento arrugado. De nariz rechoncha y orejas peludas, esta campesina recogía champiñones, mientras una desentonada cancioncillas salía de su enorme boca que de dientes torcidos y halitosis estaba repleta.
Sus enormes manos, recogían los champiñones con tanta fuerza que si lo hubiese querido, un gran trozo de tierra también habría arrancado.
Sus maneras, eran comparables a su aspecto, burra cuan tozudo borrego e inteligente como solida roca.
Se acercó curiosa al sapito, y lo levantó de las ancas con rudeza.
-Con los champiñones y tus ancas  guiso exquisito prepararé.
El sapo, asustado, tanto por la bizarra "belleza" de aquella mujer como por la idea de terminar en una olla, grito:
-No me comáis por Dios, una rana no soy.
La campesina, su cabeza pelona se rascó.
-¿Cómo que no? Tienes verrugas, ancas y eres verde. Uno conejo seguro que no sois.
-Cierto, no soy conejo, pero tampoco una rana. Soy un príncipe hechizado que busca el beso de una princesa para regresar a mi antigua existencia.
A la campesina, que no era muy brillante, la idea de la rana-príncipe le sonaba extraña. Al verlo, el sapo le relató su historia, pero la campesina seguía con la misma cara. Finalmente logró entenderlo, pero la idea de la princesa no le había entrado.
-¿Y si os beso yo?
La simple idea de que una mujer como aquella le besara, hacía muy apetecible el suicidio, pero no todo estaba perdido, si lograba convencer con buenas palabras a la pueblerina, conseguiría huir de aquella incómoda situación.
-Pero vos, mi buena señora no sois una princesa.
-Mi padre dice que soy tan bella como una.-Dijo ella, mientras entornaba los ojos y suspiraba.
-Vuestro padre ciego, ¿me equivoco?
-¿Cómo lo habéis adivinado? ¿Sois mago acaso?
-Qué remedio, ni siquiera un santo habría logrado visualizar vuestra belleza.- Pensó para sus adentros el sapito.
-Volviendo a lo que nos atañe, no pertenecéis a familia noble, con lo cual, mi querida señorita, no puedo desposarme con vos.
Los ojos de la campesina, furiosos se tornaron.
-Pues si a mi mano no tomáis en matrimonio, directo a mi cazuela iréis.
Agarró entonces su enorme garrote y se dispuso a dar muerte a nuestro valiente sapo. Pero entonces, llegó el destino, que de tanto alarido había acabado por despertarse de la siesta. El sapo aterrizó en la charca, y la campesina salió huyendo hacia la espesura tan veloz como el rayo. Levantó temeroso la cabeza el sapo.
-¿Acaso no podríais haber aparecido antes?

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